Una de las cosas malas que tiene hacerse mayor (digo una, por no entrar en una nostalgia suicida) es que se inunda uno de pudor. La peculiaridad de esta sensación es que, además de ser una construcción social más o menos castrante en función de donde se viva, tiene fecha de caducidad. El pudor es algo que empieza a darse en la adolescencia y termina, generalmente, cuando se llega a los ___ años (rellene cada uno el hueco con la cifra que crea más conveniente), que es justo cuando uno recupera la libertad de hacer lo que le amanezca. Se deja de filtrar, como cuando se es niño.
Conozco a una pareja que tiene cuatro hijos. Uno de ellos, Mateo, tiene cinco años, una personalidad fuerte y una lógica la mar de particular. Mateo se levanta la mañana del último día de colegio antes de Navidad especialmente inspirado, y decide que el papel de pastor que le ha tocado representar en la obra de teatro del cole lo hará vestido de Spiderman. Porque le pasa a él por sus pelotas. Y ya. La madre le explica que no puede ser, porque tiene que hacer de pastor y tiene que llevar zurrón, alpargatas y todo el kit que el cargo requiere, y Mateo le dice que sí, que hará de pastor, que llevará zurrón y lo que quiera, pero vestido de Spiderman. ¿Dónde está el problema? ¿Acaso no juega él al fútbol, a días con pantalón corto a días en pijama en el jardín? Pues venga. Y de esa santa casa no va a salir nadie hasta que a Mateo le dejen ir con su disfraz de hombre araña o encuentren una razón lógica que invalide su grandísima argumentación.
Esa misma tarde Mateo, con esquijama arácnido, zurrón y chaleco de borrego, llevó una cabra al Niño Jesús mientras saludaba a su madre sentada entre el público. Descojonada. ¿Pudor? ¿De qué?
Mis padres tienen unos vecinos con un hijo la mar de curioso. Pol. Tiene unos tres años, un gran sentido del humor y unas manías y unos gustos perfectamente definidos. Uno de ellos (no sabría si clasificar como manía o como gusto, la verdad) es quedarse dentro del coche aunque hayan llegado al destino si él considera que el viaje ha sido corto. Si al niño le ha parecido que el trayecto era insuficiente para sus ganas de coche, no se baja. De hecho, de ese coche no baja ni Perico el Gitano porque acostumbran a quedarse los tres miembros de la familia dentro, ahí, pasando sus ratos (ya sea en la calle o en su propio garaje) como si ninguno de ellos hubiese notado que ya han aparcado, esperando que el cachondo del niño se de por satisfecho. Que suerte tiene Pol.
¿A nadie le ha dado nunca rabia llegar al sitio? A mi me pasa muchas veces eso de ir en un coche tan a gusto y pensar ''oiñ, ya podríamos seguir hasta Rusia'', porque realmente hay viajes que saben a poco y a los que les faltaría un ratito más. Como esa hora de sueño que te falta a veces y que rascarías de donde fuera. Pero ¡ah! la sentada pacífica en tu propio coche sólo puedes plantearla si aún no conoces el pudor, porque a medida cumples años sumas vergüenzas. Qué cosas.
Llegados a la edad adulta (cuyos límites dependen de la madurez de cada uno y del pavo que se lleve encima) el pudor se llega a deformar hasta tal extremo que, no sólo a nadie se le ocurre salirse de la norma un día cualquiera, sino que se dejan incluso de hacer otras cosas tremendamente placenteras. Como cantar. Me cuentan en casa que de pequeña yo cantaba y bailaba por la calle como una reina. Sin motivo aparente. Y sin necesidad de nadie más, al loro, que lo de ser vedette solista no es nuevo de ahora. Por lo visto lo hacía con asiduidad y con ausencia total de vergüenza, compartiendo talento por simple gustera. Y ahora ¿cantaría algún adulto? Pues no. Y no porque no apetezca, ojo, sinó por pudor. Y es una pena, porque esos días que servidora va por la calle contenta, andando con la brisa de su parte y el Ipod a seis mil decibelios, cuando suena ese temón que todo el mundo lleva en su lista de reproducción, arrancarse a cantar y montarse un videoclip improvisado con la gente que pasa sería la apoteosis máxima. Pero en lugar de eso me tengo que concentrar para no pasarme del límite de cantarpordentro y que la sonrisa de Buda loco que se empeña en salir no me haga parecer una perturbada. Entonces cierro los ojos y pienso: joder, a parte de inocencia hemos perdido alegría con esto de la madurez y lo adulto.
Comentaba el Sr.Getb hace unas semanas bajo el post ¡Torero! la importancia de vivir la vida sin que importe lo que piensen los demás. Tras admirar el valor del señor del gimnasio a quien dedico el post, concluía su comentario con un deseo: llegar a los 70’s con los mismos huevos que mi torero. Pensándolo bien, no creo que sea una cuestión de valor, en absoluto. Creo que es más bien una ausencia de pudor que se da para cerrar el círculo evolutivo: nacer sin manías, vivir estrechos entre vergüenzas y, a partir de cierto momento, superar el pudor para irnos como vinimos: sin filtros.
lunes, 12 de marzo de 2012
lunes, 27 de febrero de 2012
¿Aprender de los errores?
Y al octavo día, la ira de Dios (que venía de estarse siete días incubando) se abalanzó sobre mi portátil, recayendo sobre él la maldición del virus más destructor que había sobre la capa terrestre (tipo ébola, lo menos) dejando todo el disco duro tan revenío como el tranchete seco de un bocata hecho la noche anterior. Y ese mismo octavo día, por la tarde, servidora se fue de urgencias con su ordenador en brazos (literalmente) a un hospital de guardia especializado en portátiles, a aguantar los chascarrillos de un informático que no acaba de entender que, después de la ira de Dios, cualquier comentario o gracieta que se haga sobre el tema puede generar odio súbito hacia su persona.
- Yo: (dejando el portátil sobre el mostrador) Hola, buenas tardes.
- Informático: Hola ¿qué me traes?
- Yo: [Respuesta que daría en un universo para lelos: ¿Qué te traigo? Este cuenco con anchoas, incienso y mirra, ¿qué te parece?] Pues mira, el portátil, que se ha quedado bloqueado.
- Informático: ¿Qué le ha pasado?
- Yo: Pues que me estaba descargando cosas y de repente se ha quedado la pantalla bloqueada, cientos de ventanas de error y fundido a negro.
- Informático: (sonrisita complaciente y cara de travieso gilipuás) Te estabas bajando música de internet, ¿eh?
- Yo: [En el mismo universo para lelos de antes: Sí, ¿a que nunca antes habías conocido a alguien que lo hiciera? ¡Ven pacá dos besos, hombre, que este honor no lo tiene uno todos los días!] Pues mira, sí, me estaba bajando música...(activando mi cara de "uy si, que gracioso, ñeñeñe..")
- Informático: je je, Sí, claro, todo el mundo lo hace ¿eh? Bueno, pues a ver, por lo que me cuentas, debe ser un virus. (Sonrisa complaciente II) ¿Tienes copias de seguridad?
- Yo: [Saco con parsimonia un salmón gigante de mi bolso y le doy con él un hostión sublime] Ehm, no, obviamente no. Si las tuviera no vendría con la cara desencajada ¿Alguien te contesta “sí” a esa pregunta?
- Informático: No, no, la verdad es que no, lo de las copias de seguridad lo hacen pocos jeje . Bueno, mira, a partir de ahora seguro que haces… de los errores se aprende, ¿no? (sonrisa complaciente III)
- Yo: Y de que te den ostias como panes también, si… [Saco de nuevo mi salmón y vuelo a zumbarle para dar sentido y ejemplificar con mi frase]
- Informático: Si no puedo salvarlo todo, ¿quieres que salve algo en particular?
- Yo: [Si, las mujeres, los niños y sobretodo, por encima de todo, no te olvides de salvar la calculadora de Windows… Notejode] Pues hombre, sí, lo típico, mis documentos y mis imágenes… clarostá.
El final de mi entrada en urgencias estaba más que cantado desde el momento en que puse el pie allí: a la mierda el disco duro y a la mierda el plazo de 48h que aseguraron tardar en devolverme a mi retoño, porque un virus rarísimo y devastador, que por lo visto no es frecuente, se lo ha comido todo, absolutamente todo, dejando en pie sólo el botón de inicio y los putos tulipanes del escritorio. Ah bueno, y alguna que otra cosa que han podido recuperar, eso también. De todo lo que yo tenía (que era mucho, como todo el mundo, mucho y dramáticamente importante) han podido salvar algunos archivos. Y aquí, aquí justamente y no en otro punto, está la gracia. ¿Qué se ha podido salvar? Pues, como no podía ser de otra manera, los cuatro ñordarchivos que ni recordaba que tenía y las cuatro mierdercosas que se me olvidó un día borrar. ¿Fotos cojonudas que nunca más recuperaré, de viajes y en las que salgo estupenda? No, eso no. ¿Documentos como mi blog, mis currículums, aquel proyecto que conservaba con amor o aquellos guiones que tenía pendientes de terminar? ¡No hombre no! Mejor joderte conservando un power point chorras con estrellitas que se mueven y gatos metidos en cestitas que recuperar documentos que sí necesito. Se entiende que el virus aparte del plato una foto monstruosa de algún bautizo de familia lejana y hortera que me mandaron en algún e-mail o el típico archivo de texto con apuntes de los años mozos de universidad que guardaba por olvido más que por recuerdo. De ser virus yo tampoco me lo comía, está claro, pero eso no quita que me salga espuma por la boca del cabreo titánico que llevo con el sibarita de los cojones.
Lo curioso de esta tragedia griega en que me he visto sumida esta última semana es darse cuenta de que no nado sola en el mar de la irresponsabilidad, porque nadie (repito, nadie de mi entorno) hace sus deberes con las jodidas copias de seguridad. Y lo sé porque he hecho un sondeo rápido (con una muestra pequeña, vale, pero fiable) para comprobar cómo de imbécil soy y cuántos somos en el equipo. A la pregunta “¿tu tienes copias de seguridad de tu ordenador?” he encontrado múltiples respuestas que pueden organizarse en tres grandes grupos: a- Aquellos que responden “Nah” con el mismo pasotismo que una vaca chula porque, no sólo no hacen copias, sino que se pasan el asunto por las ingles; b- Los que dicen no hacer copias pero confiesan tener un disco duro externo en el que cada diez años van volcando información, porque les pasó algo parecido y aprendieron a tener un disco externo (que no a usarlo) ; c- Aquellos que responden con miedo "hostia, no..." y a quienes mi pregunta acojona e inquieta a nivel de sudor frío y corriente por el espinazo pensando “eres el siguiente”, porque en su momento ya fueron víctimas de un ébola como el mío y acaban de recordar que siguen sin hacer las copias que salvarán el mundo.
Visto como las gastamos en general, puedo concluir que no soy la única párdel que va por la vida en /mode salvaje, que somos todos unos inconscientes a quienes nos gusta vivir al límite (al menos mi entorno) y que no aprendemos chicos, ¡no aprendemos! ¿Y por qué? Porque hay tareas que, sinceramente, son pesadas de cojones y no se corresponden con la edad avanzada en tecnología en la que supuestamente vivimos. Los homínidos ya no somos una especie que lleve bien eso de anticiparse y prevenir tomando como ejemplo errores que hayan cometido otros, porque estamos tan evolucionados y somos tan listos que necesitamos experimentar y equivocarnos por nosotros mismos. Como buenos gilipollas. Es por eso que aún se oyen casos como el de aquel que volvió de la playa con la piel del mismo tono y textura que un costillar del Foster’s Hollywood por no hacer caso a su madre y echarse crema, o como aquella otra que lo acabó dejando con su novio después de demostrarse, una vez más, que el susodicho era un cabrito y seveíavenirdelejos porque había hecho lo mismo con doce novias anteriores.
Si en casos así uno no aprende ¿cómo pretenden que lo hagamos con asuntos en los que la prevención da tantísima pereza? ¿Quién hace copias de seguridad, a ver? Naaaaaaaadie, porque el proceso en sí da tantísimo palo que hace que uno se acuerde siempre del "ay, a ver si hago copias" en el momento exacto en el que pulsa "Apagar" cuando el ordenador pregunta ''¿Está seguro que desea apagar el equipo?". De ser menos aburrido esto de las copias, lo recordaríamos. Y de ser un procedimiento automático (que se hace solo, vaya), ya no te cuento. ¿Quién se lee entero lo que pone antes del “Sí, he leído y acepto los términos y condiciones…”? ¡Nadie hombre, nadie! Lo ponen así de largo y con tantas cláusulas precisamente para eso, para que le des el sí a ciegas. ¿Cuánta son los que han perdido los contactos del móvil y han empezado a pasar los números a una agenda escrita? Pues pocos, también, muy pocos. ¿Por qué? Porque no han inventado aún una buena solución que no implique pegarse un curro de taller chino. Con lo cual y tras lo expuesto, concluyo mi reflexión echando la culpa, una vez más, a los de I+D. De aplicarse un poco y proporcionar al mundo soluciones que no den semejante flojera como las que hay a día de hoy, no seríamos tantos los gilipollas que nos encontramos, de repente, suplicando por Mis documentos o enviando mails a todos los contactos con el asunto ''he perdido el móvil y todos vuestros números".
jueves, 2 de febrero de 2012
El efecto sorpresa
(en el bar)
-¡Coño qué frío, tú! Está nevando en un montón de sitios ¿eh?
-Eso dicen por la tele. La ola siberiana esta, no veas…
- Mi cuñado, que vive en Caldos de Brea me ha enviado esta mañana una foto y estaba todo blanco!
- Qué cosas, tu..
(en el gimnasio)
- (…) me ha dicho mi madre que por ahí también nevaba. Y dicen que va a seguir.
- Yo cuando me he levantado nevaba. Luego ya ha parado, pero sí que dicen que ahora paraba pero que esta noche más.
- Siiiii ¡¡yo también!! Me he levantado y ¡¡caían copos!! No cuajaban ¿eh? Pero sí, tu, me he quedado…
(en el súper. Concretamente en la carnicería)
- (a grito limpio y con tono enfermera de geriátrico) ¡¡Carai Sra. Carmen, la veo abrigada hoy ¿eh?!!
- Hombre hijo, ¿tú sabes qué frío hace? De verdad que sí¿eh? Es que no se puede estar en la calle que te quedas como un pajarico.
- Yo me he tenido que poner esta chaqueta gorda, porque hoy ni yo lo aguanto.
-Terrible. De verdad que sí. Yo no sé… esto no es normal. Como siga así…
Todas estas conversaciones tienen dos cosas en común: unas estructuras gramaticales que dan pena y, para mi pasmo, algo peor: el aire de sorpresa. En serio, ¿qué carajo tiene de sorprendente que pegue frío en invierno? Pues ya te lo digo yo: entre nada y menos aún. Hombre, si me dices que vamos abrigados hasta la inmovilización y con pinta de peluches esquiadores en pleno julio, te digo vale, coño, sorpréndete entonces. ¿Pero en febrero? ¿Qué te esperabas, alma cándida? Que sí, que por aquí no acostumbra a nevar nunca, pero a ver… ¿Es la primera vez en tu vida que te das de frente con el concepto nieve? ¿Es la primerísima vez que, en toda tu existencia, sientes que hace frío y de ahí tu perplejidad? No te digo nada cuando nos invada algún ser superior de Ganímedes o de Zhyron… ¿cómo te vas quedar? Y a ver qué cara de asombro le pones, porque la de “¡oh sorpresa!” ya la has gastado hoy fascinado con el frío.
Dándole vueltas a la chorrada esta de la nieve inesperada (anunciada ya hace una semana larga ¿eh? pero para la mayoría sorprendente igual) he recordado varios momentos en que, valga la redundancia, me sorprende la sorpresa que generan algunas cosas que se dan, invariablemente, cada maldito año (o casi). A saber:
El calor. Ese día de julio-agosto que pega tal calicha que no sabes si quemarte vivo, a ver si las llamas te traen un poquito de brisa al moverse. Ese día (típico) de verano también es una sorpresa, porque no das crédito a tanto calor, te parece insólito y necesitas comentarlo. Además, generalmente, en la tele se lanza el dato que te va a dar la razón, algo así como “hoy el día más caluroso de lo que llevamos de año’’ y que te concederá la coartada perfecta para activar el /mode sorpresa : ¿Lo ves Antonio? Si es que este calor no es normal, ¡¡si lo dicen hasta por la tele!! . En realidad han dicho “de lo que llevamos de año”, no de lo que lleva el planeta Tierra en órbita, cebollo, pero da igual, porque la excepcionalidad, para la mayoría, no es algo que necesite ser contrastado. Que fuera hoy, 2 de febrero, un día de esos en que se te funde hasta el alma y levantarte a por algo se salda con un balance de dos litros de tus propios fluidos invertidos en ello, te digo, vale, notición, sorpresa y alerta naranja, si quieres. ¿Pero en julio? ¿Qué esperabas? Entiendo que tampoco ayudan nada los datos de adorno que acostumbran a ponerle a estos temas, tipo “han dicho en el tiempo que no hacía una ola de calor así desde el 68” (aplíquese este mismo ejemplo para el caso anterior sustituyendo “ola de calor’’ por “temporal de frío”), por eso la cosa siempre parece más y nueva. Pero, si se fija uno, esto de las comparaciones con años anteriores se viene haciendo desde siempre, con la diferencia de que cada año cambia el número. Si este año “no hacía un tiempo así desde el 68”, el que viene será “desde el 74”. No se me ocurre información menos útil y menos relevante que ésta. Porque vamos a ver, ¿qué significa eso, exactamente? ¿Que estoy sudando hoy lo mismo que alguien que estuvo en Barcelona ese año que se parece tanto a este calurosamente hablando? ¿Qué una ola de calor así no se daba desde el 74 pero, si a este verano le da por tener cinco días mas de temperaturas grado vulcano, se podrá comparar entonces con la ola que se dio en el 81? No me sirve de nada esta mirada histórica, sinceramente y, por encontrarle un uso, sólo confirma mi estupor: si esto ya ha pasado antes ¡de qué tanta sorpresa!
Las señoras afincadas en la puerta de El Corte Inglés el primer día de rebajas. Qué fenómeno tan extraordinario, sí. Desde el año 45 que existen estos almacenes ¿no? Ponle que las señoras cortas de entendederas empezaron a amotinarse en la puerta para ser las primeras de las rebajas en el año 50, por decir algo. Qué llevamos, ¿sesenta y dos años con la movida esta de las carreras de momias? ¡Pues aún son noticia! Aún se trata el asunto como si fuese relevante y algo que nadie espera encontrar. Si hicieran algo por actualizarse y, qué sé yo, fueran todas rapadas al cero y con bates de beisbol, por ejemplo, te diría: hombre, eso SÍ sería una sorpresa. Eso sí sería innovar, innovar y acojonar a los seguratas, eso también. Desde luego, ese plano general de hordas de señoras calvas y armadas con palos de madera entrando al Cortinglés a por bragas baratas sería impagable. Una noticia como Dios manda, me vais a decir que no…
El candidato del partido Tal que “madruga para ir a votar(se)” cada vez que hay elecciones. Desde que tengo uso de razón y memoria (cosa que no va, ni muchos menos, a la par) han venido emitiendo esta mierdernoticia en todos los telediarios cada santísimo día que ha habido elecciones, generales, provinciales, da igual. “El candidato por el partido Tal ,Jose Miguel Tal ,y su esposa han madrugado esta mañana para acercarse al colegio electoral de Nuestra Señora de la Inmaculada Trinidad y ejercer así su derecho a voto”. “El candidato Tal del partido Tal ha sido de los más madrugadores esta jornada electoral, bla bla”. ¿Dónde está la sorpresa, a ver, en que madrugue o en que vaya a votarse? Porque si es por madrugar, no lo veo: poco interés le pondría a su propio negocio si bajase a votar como lo hacemos el resto, por la tarde, desgreñado y con el pijama debajo de los pantalones. ¿Lo extraordinario qué es, entonces, que vaya a votarse? Pues te digo lo mismo: poco interés iba a demostrar si ni él mismo participase en su propio juego. Nos ha jodido… Que ese señor saliera de su casa cualquier tarde y se fuese a ese colegio, sin avisar, rodeado de seguratas y anunciando que va a votar a su rival, SI sería sorpresa. Que fuera en pelotas, ataviado únicamente con unas babuchas y tocando un órganoflauta Casio también sería sorpresa. Y raro. Y un delito, igual también. Pero el día de sus propias elecciones, que se ve venir hace semanas, que se levante prontito para ir con su señora a votarse a sí mismo, sinceramente, ni es asombroso ni entiendo tanta manía de repetirlo como si fuese algo sorprendente.
Y luego se cachondean de los niños que pueden estar horas jugando a aquello del (esconderte tras tus propias manos) –¡Taaaat!- (esconderte tras tus propias manos) -¡Taaat! (y así hasta el infinito) y sorprenderse igual la primera vez que la número noventa y siete. Pues anda que se evoluciona mucho más, luego...
jueves, 26 de enero de 2012
I have a dream
Hace unos meses que busco trabajo. No cualquier trabajo, como más de uno entiende siempre cuando se dice algo así, sino un trabajo que persigo hace tiempo, porque estoy profundamente convencida que se me daría bien, tengo la formación necesaria y es vocacional. Hace unos meses que busco trabajo como copy, es decir, redactora creativa en el sector publicidad. Además de tener más claro cada día que pasa que eso es lo quiero hacer, estos meses me están sirviendo también para darme cuenta de algunas cosas curiosas.
Lo primero que he descubierto: es más fácil meterme en una banda de camellos como infiltrada de narcóticos para la poli de Miami que trabajar en publicidad. Es la conclusión a la que he llegado haciendo un compendio de las reacciones que recibo cuando comento mi plan: “ya.. hombre tía, te pega mogollón el curro, ¿eh? Es lo tuyo total. Pero claro… sin contactos y sin experiencia, ya se sabe. O conoces a alguien, o nasty, porque gente preparada hay a hostias, y que lleva un montón de tiempo currando en publi. Y si no conoces a nadie que te meta... No se, lo veo jodido’’.
Otra cosa que he descubierto es que todo el mundo sabe cómo lograrlo, menos yo, que parezco no atinar o no entender las reglas del juego. A juzgar por las recomendaciones que acumulo deduzco que, si quiero trabajar en publicidad, debo ser una mezcla de moderna-popera-flipada-super cool, repelente y “muy fan” de lo que sea. Ah, y tener seguidores, muchos: “Tía, tienes que hacer algo, crear algo. ¿Por qué no haces un vídeo y te presentas? No, un vídeo no, pero no sé, tu ya me entiendes, seguro que a ti se te ocurre, algo así en plan que flipen y lo cuelgas en Youtube y que lo vean millones de personas. Tienes que moverte mucho en internet, redes sociales a saco. Tú piensa que de ahí ha salido mogollón de gente que de repente tenía nosecuantos seguidores y le llamaron del nosedónde para trabajar. Tú apúntate a todo, participa en foros y ves a saraos tia, ahí, que se te vea. Tienes que hacer algo diferente y sobretodo tener seguidores. Es el futuro, tía, mira cuanta gente piden ahora de Comunity managers sino... loqueyotediga’’.
Decir en voz alta lo que quiero hacer (haciendo acopio, a estas alturas, de la poca seguridad que le queda a una visto el feedback) supone recibir respuestas del tipo: “ah, si, está guai. Te pega bastante además. Aunque… uuff tía, es un sector chungo ¿eh?… Yo sé de un curro de administrativa si te interesa, mientras buscas, digo. Te piden Contaplus y que sepas manejar Flash, porque la web hay que actualizarla, Ilustrator también, además de Photoshop, claro, pero eso como en todos. Ah, pero piden portugués medieval nativo, calla… Bueno, este no, pero si me entero de algo, de lo que sea, cualquier cosa, te aviso’’.
No creo que nadie se pueda hacer una mínima idea de lo extenuante que resulta buscar trabajo en un sector nuevo y que la banda sonora que escuches sea siempre esta información, repetida sin conocimiento de causa la mayoría de las veces y desalentadora siempre. Explicar tu plan y recibir comentarios aprendidos sin asomo de crítica, y que debido al miedo general te empujan de entrada a buscar otra cosa (sólo por si acaso), es agotador. Y deprimente. Y discutible.
¿No contactos, no party? Lo que está claro es que menos posibilidades de party hay seguro, tontos no somos y sabemos que, de toda la vida, no hay nada como un infiltrado para cualquier cosa (el amigo que te presenta a tu novio, el amigo que sabe de un piso, el amigo que se entera de un curro, el amigo a quien le tocan unas entradas, etc). Lo que se conoce como la figura del prescriptor, vaya. Pero, y pese a la ausencia de prescritores, yo sigo confiando en mi currículum y en la posibilidad de que exista alguien, en alguna agencia, que vea más allá de lo que aún no pone en él. Que entienda que, con lo que llevo ya andado, tengo bagaje para hacer eso y cientos de cosas nuevas. Que me crea cuando le digo que “no experiencia en esto justamente” a veces significa “otro punto de vista nuevo y no viciado" y que ser creativo no es algo que únicamente pueda certificar el Sr. Bassat, la Sra .Rushmore o el Sr.McCaan Erickson.
Tengo que ser una líder de masas, un trend topic o el puto vídeo más visto en la red ¿por qué? ¿Acaso es un requisito que se exige en todas las profesiones o es solo un cliché más del sector de la comunicación, donde se supone que tenemos que ser unos cachondos-irreverentes-líderes de twitter-geniales en todo? ¿Tener no-se-cuántos seguidores que ni conozco ni me conocen es sinónimo de “tener buenas referencias’’? ¿Garantiza acaso que sea más creativa y sepa redactar mejor? ¿Estamos tontos o que? Pues sí, estamos tontos, esa es mi conclusión. Y no se confundan, que no reniego de las nuevas tecnologías ni vivo ajena al mundo digital y las posibilidades de comunicar que tiene internet y todas las nuevas plataformas, bla bla, bla. De ser así, no estaría escribiendo en un blog sino cartas a la señorita Francis, no tendría Twitter (@cuantagenterara -venga promo time-) sino que sería amiga de todas las porteras de mi barrio, tampoco estaría en Linkedin y en una docena de buscadores de trabajo ni seguiría asomándome al mundo con curiosidad por saber qué es lo último que se inventa o qué se mueve en el planeta. No nos confundamos. Yo reniego de la visión reduccionista de ver en esto la única vía para hacer las cosas, de pensar que este es el camino obligatorio y único por el que hay que pasar para trabajar como redactora creativa. El futuro no es uno sólo, y reducirlo todo a “sé cool, habla en Twitter y di chorradas para que te sigan’’ es tan imbécil como lo fueron los yupis, grandes modernos que se creyeron visionarios y que acabaron cayendo como caen todas las tendencias. Ser redactor creativo no pasa por creerse la canción de “El futuro está aquí, tu hazme caso’’ y convertirse en un repelente con ochenta mil followers. De hecho, va mucho más allá de este panorama que, lejos de ser tendencia, es un presente más que conjugado y, a juzgar por el ritmo atómico que llevamos, será caduco en breve.
No, no quiero trabajar de auxiliar administrativa, ni de tornador fresador, ni hablar portugués ni ser controller en el puerto; ni quiero ser guionista en el Club de la comedia, ni hacer vídeos y colgarlos en Youtube, ni me apetece escribir un libro de humor. No quiero tener que ser una navaja suiza laboral (periodista-publicitaria-diseñadoragráfica-diseñadoraweb-traductora), ni quiero ser Community Manager, Communication Consulting, Marketing Wesleins Partner o Hendelein Rechufitein Executive. Pero sobretodo, por encima de todo, no quiero tener que pedir disculpas por no querer serlo. Ni quiero tener que estar aclarando, contínuamente, que claro que cuando no pueda pagar facturas y me vea en la puta calle aceptaré esa “cualquier otra cosa" de la que siempre me hablan. Pero de entrada, lo que quiero es ser redactora creativa, insisto, o algo parecido si existe, no otras cosas. El plan B es para cuando falla el A, no para antes. Si no, el orden alfabético, no tendría razón de ser.
“Joder tía, te estás cagando en todo y ¿aún quieres dedicarte a la publicidad?" Pues mira sí. Soy tan creativa que, incluso, soy capaz de imaginar un mundo mejor y otra manera de hacer las cosas. Y eso que lo ponéis difícil.
miércoles, 18 de enero de 2012
La última de la clase
Hoy me han preguntado por qué no trato nunca temas de actualidad en mi blog. No, perdón, concretamente me han preguntado por qué no comentaba nunca noticias o temas que se dan a diario en los medios de comunicación. Y después de tomarme unos segundos para meditar profundamente, durante los cuales he recordado también que hoy había oferta de judía tierna en el súper, me he dado cuenta que además del motivo base de todas mis decisiones (que no es otro que el “porque me da o no la gana’’) hay otra razón mucho más densa detrás de esta evasión de temas noticiables: no soy lo suficientemente inteligente. Esto es así. Pica, pero es así.
Le he dado vueltas un rato y, tras conseguir judía tierna a mejor precio y llevar dos pilas al contendor diseñado para ello (tarea que me puede llevar bien bien cinco meses entre que guardo la pila, la dejo a la vista, me acuerdo de cogerla al salir de casa y consigo recordar, una vez en la calle, que tengo que tirarlas) he decidido intentar comentar la actualidad de la semana, por seguir la máxima aquella de “el cliente siempre tiene la razón y hay que satisfacerlo”. Pero después de una hora de leer titulares y de apretar fuerte el cerebro intentando exprimir un solo comentario inteligente y útil sobre alguno de ellos, he desistido y me he dado cuenta que no. Que ni arrojar luz, ni aportar soluciones ni comentar con propiedad ni nada. Porque eso es lo que entiendo. Nada.
No entiendo de qué va un mundo en que se desahucian familias a diario y muere gente de hambre cada segundo (un misisipi, dos misisipis, tres misisipis, tres muertos... ojo) y en el que, al mismo tiempo, se pagan millonadas obscenas por jugadores de fútbol con cláusulas de rescisión draconianas y se invierte una cantidad escandalosa de horas en hablar de partidos de fútbol que parecen más un combate entre Dioses vs Titanes que un deporte.¿Desde cuándo no saber si los Grizzlies de Memphis o los Wesleis de Oklahoma ganan o pierden te hace estar desinformado? ¿Cuándo fue que la sección de deportes empezó a tener vida propia y a durar tanto como lo que pasa en el mundo real? Respuestas aquí, por favor.
Decido esforzarme más con la comprensión lectora pero me atasco de nuevo al verme incapaz de entender cómo es que con la crisis mundial que se comenta que hay, haya empresas de productos de lujo (tipo cochazos, yatazos etc) con un incremento en las ventas del peroquefuerte%, y que al mismo tiempo un tal Moody’s (que a mí me suena a pub irlandés en el que sirven judías pintas con tomate y jarras de Guiness a rebosar- eh! vamos a Moody's después del curro?-) y unos tal Standard & Poors (que para mí tienen nombre de grandes almacenes ingleses donde venden jabones de lavanda y gallumbos de color cachumbero) se dediquen a bajar la nota a los países.
- Vamos a ver... Peláez: justito, ¿eh? Usted como siempre, aprobado raspado y con la ley del mínimo esfuerzo. Gutiérrez: le digo lo mismo que a Peláez y aplíquese más o nos vamos a ver en las tutorías. Nota en la agenda para sus padres. España: maaaal, tarde y mal, como siempre. Tenía usted un 4, que sumado al cerapio que ha sacado en el último examen le baja la nota y suspenso en el global. Se va usted a septiembre directo, como Trinidad y Tobago.
Debe ser que yo no pasé del concepto de “mercado” que venía en el libro “Teo va al mercado” (base de cualquier bibliografía que se precie), según el cual vendes lo que tienes y por tantas monedas te dan tal cosa. O tal vez el problema es que soy una antigua y llevo mal esto de las nuevas profesiones como “calificador de países”. La cuestión es que, por el motivo que sea, yo sigo sin saber si vamos a la clase del A o a la del B, lo que entra en el examen para subir nota ni cómo digo yo en casa que una compañía privada muy guay y que controla el mercado, nos ha bajado la nota. Glups.
Sigo leyendo titulares y afanándome en encontrar algo que entienda para luego comentar, pero vuelvo a encontrarme con grandes dudas que no puedo resolver: ¿cómo puede ser que se juzgue a un juez por querer investigar y destapar una montaña de mierda de tamaño considerable, y que para más cojones sean los imputados (y corruptos de agarrarse) quienes le lleven a juicio porque ah, esa no era manera de conseguir las pruebas, porque escuchar es feo y de muy mala educación, igual que señalar?
- Tenemos que hablar. Hoy he ido a verte al trabajo para darte una sorpresa y… ¡te he visto jincando con otro encima de tu mesa!
- Esto…verás... pero.... ¿que es esto de venir sin avisar?! ¡¿Tú no sabes llamar antes o que !?
- Eh…¿cómo?... sí, bueno…. pero es que era una sorpresa…
- ¡Sorpresa los cojones! ¡Eso es prevaricación! ¡Así no se hacen las cosas! ¡A traición no, Manolo, a traición no!
Ahora bien, tu construye un aeropuerto en la punta del pijo de quien quieras y con dinero público y quédate tranquilo, porque no sólo no te va a pasar nada, sino que con el tiempo y si sigues siendo así de incompetente y fraudulento llegarás a senador o, mejor aún, cobrarás toda tu vida por no hacer nada más que cascártela a dos manos. Tumbado en la pista de tu aeropuerto, si quieres, que sitio tienes un rato y no hay dios que te moleste.
Después de todo esto, y viendo que de todo el periódico las únicas secciones que comprendo bien son el sudoku y el VerTele, se confirma lo que vengo avisando desde el principio: no soy suficientemente inteligente como para entender y comentar lo que pasa. ¡A septiembre yo también!
miércoles, 4 de enero de 2012
¡Ahí te atragantes con una uva! Ay muchas gracias
Hace cuatro días que ha empezado el año y no hay ni rastro en ningún lado de la información real y fidedigna que llevo años esperando encontrar. Y es que es acercarse el 31 de diciembre y empezar con el alud de balances del año, recopilatorios, lo mejor y lo peor, resúmenes etc., pero ojo, siempre omitiendo en lo "peor’’ lo más jugoso del año: Nochevieja, ese gran carrusel de mierdas. ¿Por qué nadie dice la verdad y se hace un balance real y sincero de esto? ¿Por qué nadie para semejante noria de boñigas que gira y gira sin parar? ¿Cómo van a tener credibilidad los medios de comunicación si cada 1 de enero sale gente en la tele diciendo que se lo ha pasado bien? Va hombre va, ¡que no nos engañen más, que nos digan la verdad!
Nochevieja empieza mal ya días antes, durante los cuales se va repitiendo, sistemáticamente y en cualquier sitio, la misma queja, ese discurso manoseado sobre lo chusquera que es la noche de fin de año y la poca intención que, supuestamente, le pone todo el mundo al evento: “nah, no creo que haga nada… Total fin de año es una mierda”, “uy no, no salgo porque esas noches son las peores, todo carísimo, masificado...un horror”, “es que parece que hay que pasarlo bien por obligación, oye”. Este es generalmente el prólogo que se le dedica a esa noche y que siempre me hace pensar: mal empezamos, pero cuanta razón tenemos.
Dejando de lado las obviedades y los comentarios estándar, lo que realmente hace que esa noche deba abandonar la academia y pasar al puesto número uno de “lo peor del año” es el MAL GUSTO aplicado. Por no alargarme mucho, me centraré en dos de sus vertientes:
Aplicado a la ropa: ¿Por qué en diciembre ya no se puede ir a comprar un jersey sin tener que apartar toneladas de vestidos de terciopelo modelo Murcia qué hermosa eres, lentejuelas a troche y moche, y oro y plata como para envolver bocatas para todo un pelotón de marines? Y ojo, que aunque una piense para sí misma “¿como se va a poner alguien algo así?” luego resulta que lo ve, lo ve puesto y bailando al ritmo de Mami que será lo que tiene el negro en esa fiesta a la que uno nunca quiere ir, porque salir no vale la pena, pero a la que acaba yendo “por hacer algo”. Y me pregunto: ¿es necesario lucir ese glamour del Condis? ¿Siempre ha sido así esto? ¿Hace falta vestirse con el mismo (mal) gusto con el que lo haría una Chari para ir por primera vez al Casino de San Juan de la Petaca? No, oiga, no hace falta.Y ya puestos: la chorrada de las bragas rojas de bazar de oriente tampoco es necesaria porque ni tiene gracia, ni da suerte, ni queda bien. Es una tradición tontísima que empezó de la manera más estúpida y que se ha perpetuado absurdamente con un único objetivo: hacernos parecer a todos unos tarugos. ¿Quién no ha hecho el mamarracho y se ha comido las uvas llevando unas bragas rojas de material sospechoso, prietas y feas del carajo por fuera del pantalón, o luciendo unos gallumbos rojos y de tela chungueras sobre la cabeza? Yo tampoco, pero sé de un primo de un amigo mío que sí.
Aplicado a la selección musical: que la programación televisiva de esa noche sea como para desear que algún pellejito de uva se te hubiese quedado atascado en el esófago antes de llegar a la número doce no es novedad pero tiene fácil solución: el método infalible de apagar la tele. Lo que ya me vuelve un ser misántropo y violento en estadio 6 es tener que aguantar mierda de música en una fiesta en la que pago por ir. Vamos a ver: ¿Por qué algunos de esos temas chumineros, que no hacen más que provocar cirrosis, se guardan expresamente para Nochevieja y fiestas de pueblo-de-un-solo-bar-y-un-colmado-abastecido-por- fragoneta-una-vez-por-semana? ¿Por qué en fin de año (ya sea del 1998, 2001, 2007 o 2011, es indistinto) tengo que volver a oír a maldito Nino Bravo que sigue siendo libre como el puto sol cuando amanece, a los Sírex y la escoba de los cojones con la que barrerían tantas cosas, o a Raphael que sigue denunciando el escándalo que es un escándalo?
Eh, tú, el que pincha canciones, las canciones también se jubilan, (¡oh, sorpresa!) porque de no ser así a estas alturas aún estaríamos bailando temas juglarescos de la corte de Alfonso X cosa que, afortunadamente, hemos superado. Así que vayan tirando discos o borrando archivos, malditos, porque ya es hora de dejar de jodernos vivos poniendo Los Brincos, los Bravos, Los Mustang o Fórmula V. Cuando oigo por decimoquinto año consecutivo perlas del año del vivir así es morir de amor o "canciones" pidiendo que la detengan quesunamentirosa, siempre, invariablemente, inicio la misma secuencia de destrucción: busco al que pincha (llamarlo dj es un regalazo que no le voy a hacer) lo miro lo peor que puedo y, aguantando esa tensión muscular que te la da impotencia, me llega la epifanía: ¿y qué esperabas, con esa cara de faltado? Porque sí, estos memos de los auriculares comparten siempre los mismos rasgos: cráneo de zoquete, pelo engominado y de punta como un gañán, mejillas rosadas de payés, dedo índice de una mano levantado hacia el cielo al tiempo que mueve la cabeza adelante y atrás y sonrisa de gilipollas que le delata y a través de la cual adivinas que ha encontrado el próximo hit con el que torturarnos. En este punto de indignación y violencia en estadio 9 pienso: ¿habrá más gente como yo en esta sala que, de tener algo más contundente en la mano que un vaso de plástico, se lo reventaría en la cabeza? Yo creo que sí, pero el estado etílico de los parroquianos me hace dudar de mi certeza.
La culminación de mi cabreo, que se ha ido gestando a ritmo del uan-tu-zrí-caramba y que está en ese punto del y-yanopuedomás-yanopuedomás, llega con la frase “¡anímate mujer! ¡Es divertido y al menos te ríes!” pronunciada por un lumbreras con chaleco y espumillón dorado a modo diadema y que baila con los mismos pasos que los gigantes que sacan los ayuntamientos en las fiestas al lado de los cabezudos. (Pausa para coger aire y controlar la fuerza bruta) ¿Divertido, de qué? Si fuese divertido oír año tras año lo mismo exactamente, seguiría riéndome con el chiste del perro Mistetas por esa regla de tres. Hacer el mamarracho mientras busco en el baúl de los recuerdos o mientras me acuerdo de que choví chová cada día te quiero más, choví choví chocví chová no hace ninguna gracia. Que sí, que ya sé que al comprar la entrada se comentaba que la música sería pachanga, pero nadie dijo que se le podría hacer la prueba del carbono 14 al 60% de las canciones y que al otro 40% se las podría hacer saltar por los aires con la bomba de King África de los huevos, que siempre grita y nunca encuentro. Ay de vosotros el día que dejen de esconderla tan bien…
miércoles, 14 de diciembre de 2011
De cuando X-Mas se llamaba Navidad
Por mala fama que hayan querido darle a la Navidad en los últimos años yo no he dejado nunca de sentir debilidad por ella. Ni tristeza, ni nostalgia, ni pena por los que no están, ni agobios ni hostias. La Navidad mola, porque son días que están para perpetuar tradiciones: que reine el Almax y el Actron en todas las casas (por haberse puesto vikingo comiendo o por exceso de decibelios familiares); para hacer lucha libre en público (sudando a lo loco mientras se pelea, abrigo en mano, contra las ordas de personas que invaden, al tiempo que tú, el cortinglés); y para reírse de las abuelicas, que tienen que pasar el peaje de cada año: nombrar en voz alta el regalo que quieren sus nietos.
Sábado-13:02 h zulú- Fnac Plaza Catalunya- uno de tantos mostradores de información:
- Chico: ¿Quién va ahora?
- Abuelica: ¡Servidora! Si mira nene a ver, euhm…. ¿el Trompicón?
- Chico: ¿cómo?
- Abuelica: Ay espera, que igual no lo digo bien... ¿no te suena esto del Trompicón?
- Chico: (flipando) Uhm no, lo siento ¿es un libro?
- Abuelica: No no, es un juego que quiere mi nieto de la máquina esa. Del ordenador no, da que va a la tele.
- Chico: Aha ¿Para una consola, quiere decir?
- Abuelica: eso mismo, la consola.
- Chico: ¿Y sabe usted cuál es?
- Abuelica: ¿El nombre de la máquina dices? UuuUUuhh no hijo, eso ya no me hagas decirte… Una plix dix de éstas… qué sé yo.
- Chico: ¿Pero el juego sabe usted cuál es?
- Abuelica: Pues eso que te digo, el Trompicón o algo así… Ay hijo, es que con esto del inglés yo no me aclaro…
- Chico: Si ya entiendo. Pero ¿sabe usted qué pasa? Que es que sin el nombre no lo puedo buscar.
- Abuelica: Sí, sí, claro, ya imagino que aquí tenéis muchos. Bueno, ya le diré a mi nieto que me apunte como se llama el juego este del mono que quiere y ya vendré con el papel.
- Chco: ¿Del mono? ¿No será el Donkey Kong?
- (milagro)
Y así, un sábado a mediodía, un dependiente del Fnac se ganó el cielo y el rosco entero del Pasapalabra al acertar Donkey Kong para Wii con "Trompicón" cómo única pista, y yo me eché unas risas con la candidez y la valentía de esa abuelica que, con dos pelotas y mucha dignidad, se fue a pedir el regalo de reyes de su nieto sin tener ni idea de lo que estaba diciendo.
Entre los cajeros automáticos, pins y password para todo, los teléfonos móviles, android, whatsapp, las cámaras con cuarenta megabites de píxeles de wesneis y demás hostias la vida a las personas mayores se les ha complicado mucho, sector juguetería incluido, ojo. Por eso se entiende que después de años de Barriguitas y Clics, Tragabolas y Operación, pasar de golpe al mundo de los juegos de consola sea una tragedia griega para todo aquel que no sea filólogo o experto en telecomunicaciones. Me he documentado brevemente (traducción: he leído con curiosidad los dos catálogos de juguetes que han llegado a mi casa) y me he encontrado con este galimatías en el apartado videojuegos: Call of Duty: Black Ops para X-Box; Pro Evolution Soccer 2012 para Wii; Need for Speed the Run para PS3; Gears of War para Xbox, Kill Zone III para PSP, Bayblade Metal Masters: Nightmare Rex para Nintendo DS; Saints Row the Third para PlayStation, Metal Gear Solid HD para Xbox3 y muchos más de este calibre. Yo le pido a mi abuela que lea estas cuatro últimas líneas en voz alta mientras abro un par de paquetes de pilas gordas y las pongo en círculo y abrimos una brecha en el contínuo espacio-tiempo que ríete tu de Chernóbil. Señores de los videojuegos: ¿cómo pretenden ustedes que las personas mayores compren los regalos a los nietos, si para pedirlo suenan tan ridículos como un guiri repitiendo palabrotas que le acaban de enseñar? ¿Es necesario que los títulos sean tan largos que te hace falta un punto de libro para no perderte?
Pero no es el apartado videojuegos el único que se ha vuelto ininteligible al ojo humano, cuidado, que si me pongo a mirar el resto de artículos, encuentro cosas como "set de mechas Montser High", "Bratz masquerade", "Bakugan battle arena" y otras rarezas. A ver quién tiene pelotas de acordarse y repetir estos nombres en público, y más aún cuando quien te ha pasado la información es un niño, esos humanos menudos que se caracterizan por tener tanta imaginación como mala dicción.
En mi familia hay un episodio de ridículo y bochorno público resultado de una mala pronunciación infantil que aún nos cuesta lagrimones y descojones varios cada vez que se saca el tema (cosa que ocurre a menudo, claro está). Corría el año 1994, más o menos, y mi primo pequeño tenía unos tres años, mucha fantasía y un gran deseo para Reyes: un Power Ranger. Toda la familia sabía qué Power Ranger quería, de la misma manera que todos sabíamos que el niño aún hablaba mal, con esa lengua de trapo tan graciosa que le llevaba a pronunciar las palabras como le salía a él de la chotera. Lo sabíamos todos menos su padre, que no cayó en que el power ranger “manco’’ que el niño pedía a troche y moche no era otro que el power ranger “blanco’’, cosa que le llevó a recorrerse doscientas jugueterías pidiendo en voz alta a las dependientas un muñeco tullido, movido por esa fe ciega que tienen todos los padres y que les hace defender el pedido del niño como si aquello fuese la verdad absoluta. Imagino las carreras al almacén que debían pegarse todos los empleados a los que mi tío discutió "que si mi hijo pide un Power Ranger manco, es que existe’’. Y no creo que corrieran para buscar entre las cajas a ver si algún muñeco venía tarado sin brazo sino a troncharse a grito vivo ahí dentro y evitarle un bochorno público mayor al pobre hombre. Sólo el público, porque el privado ya lo tuvo en casa el día en que llegó rendido después de no sé cuántas horas de búsqueda y confesando, derrotado, que no había manera humana de encontrar el muñeco lisiado de las pelotas.
Debió ser a raíz de episodios como este que los Reyes decidieron cerrar el área de Atención Telefónica y pasaron a recoger todos sus pedidos única y exclusivamente por escrito. ¿Queréis regalos? Pues venga, me los vais poniendo en una lista, clarito en mayúsculas y sin tachones, que aquí ya estamos hartos del choteo de los del Toys'R'us cada vez que nos toca cantar pedidos en arameo.
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