martes, 22 de abril de 2014

Monstruos S.A.


Resulta que a mis 35 años va y descubro que los monstruos no viven en el armario. Nada que ver con los cuentos para acojonar y dormir a los niños. Nada que ver con la peli de Píxar. Que va. Los monstruos viven a un cuarto de hora en moto. Están cerca, te hablan, te llaman, te cuentan su vida, te hacen partícipe, te usan de cómplice, de paño de lágrimas, de psicóloga; te piden ayuda, te quieren a su lado, te hacen dar, dar y dar, te dejan exhausta. Y no dan. No compensan. Porque ningún abrazo puede devolver la energía que te han robado en la última discusión y ningún paseo puede hacer que vuelva la alegría que te han quitado con el último cisco. 

Los monstruos no son feos, por lo general. Son atractivos a su manera, son agradables algunos días, son simpáticos en sociedad, risueños y amables con la galería. Son amigos cachondos con sus colegas, son inocentes víctimas de su propia vida. Son compañeros sacrificados de curro, hermanos atentos, hijos cumplidores. Visten como nosotros, con su polo, sus vaqueros, sus bambas informales, casual, sencillo… igual que lo haría cualquiera. Ya te digo, no son feos, por lo general… hasta que llegan a casa, dan la vuelta a su traje y sacan lo peor de sí para enseñártelo a ti.

Los monstruos no viven debajo de la cama. Duermen en ella. Contigo. 

A mis 35 años va y descubro, también, que los monstruos no rugen como fieras de película pero sí gritan. Gritan y chantajean, y te hacen responsable de su ira mientras chillan y vuelcan sobre ti toda su mierda, acumulada de años de excesos, mala vida y situaciones que tú ni siquiera has vivido pero cuya factura pagas igual. Te gritan desde su dolor y su propia frustración, ajena a ti. Te gritan desde su propia mierda, desde su herida. Pero te gritan, al fin y al cabo. Y asusta.

A mis 35 años resulta que descubro que los monstruos no te comen. Lo que te come es la pena, la rabia y la desolación. Te come el vacío en la boca del estómago, el hueco que te ha quedado de tanto dar. Lo que te come es la soledad que da sentirte incomprendida, traicionada y humillada. Lo que te come es la decepción, que se instala en el pecho y en la cara, la de panoli que se te queda cuando te das cuenta del año que llevas invertido y perdido. Un año entero con fugas y escapes que no hay besitos que tapen, que no hay perdones que arreglen. Lo que te come es el desconsuelo, un plato cabrón de digerir para el que no hay sal de frutas ni Almax.

Lo más curioso de todo es que, después de 35 años de ir a dormir a mi hora, dar las gracias a los señores y las señoras y ser una niña buena, va y me doy cuenta de que a los monstruos no se les vence con bondad ni con amor, ni apoyo, ni nada de todo eso que a mi me enseñaron a dar. Tremenda revelación. Resulta que a estos seres se les vence plantándose, diciendo no, basta y alamierda todo seguido y sin respirar. Se les supera de frente, con los cojones por fuera del pantalón y dejando el miedo, la inseguridad y la frustración a ellos, que son quienes lo traen de serie. De los monstruos se salva uno dejando de temerles y recordando que a querer se juega de otra manera, a llorar no se ha venido y a remontar no hay quien me iguale.

Mañana se celebra que un santo mató a un dragón. 
Y yo que acabé con el mío.


lunes, 3 de septiembre de 2012

Cuántos tiñosos habría


Define la RAE la envidia como “Deseo de algo que no se posee. Tristeza o pesar del bien ajeno”. No está mal aunque, sinceramente, a mí me parece que a esta definición le falta lo más importante: la mala leche. Para estar hablando de un pecado capital grave, no me parece ni medio normal dedicarle una descripción tan parca y moderada ni me parece riguroso calificar de "pesar" un sentimiento tan visceral como la envidia. Así, como si fuese una minucia. Perdonen que les corrija, señores académicos, pero la envidia no es tristeza o pesar, es una rabia que te cagas. Y decir menos es mentir. Si a lo largo de los siglos más de un gilipollas ha intentado disfrazarla con aquello de “envidia sana” ha sido, precisamente, por este claro conocimiento popular de que la envidia implica una mala folla importante hacia el prójimo. Hago un pequeño parón para comentar, solo por encima, la hostia tan grande que merece toda esta gente que necesita decir "envidia sana" para dejar claro que son buenas personas. Ay si la envidia fuera tiña… Buscad una expresión menos chungueras que no delate vuestra flojera y ausencia de luces tan rápido, por favor. Es un consejo del From.

Retomando: el problema con la envidia es que supone un tipo de sentimiento rastrero y ruin que va mucho más allá del pesar y que ha tenido siempre muy mala reputación. Ciertamente es una emoción fea, estamos de acuerdo, pero tan humana como lo son los pedetes, por ejemplo, que apestan e incomodan, sí, pero que se tienen porque es natural. Y no sólo es natural sentir envidia sino que, además, algunos se lo buscan. Y mucho.
Lo confieso abiertamente: hay gente que me da una rabia que se sale del gráfico, rabia de esas de darle una somanta palos que lo deje fino y suave. Sí, es así. Hay personas que sacan lo peor que hay en mí, la envidia en mayúsculas.

Eso que te vas de viaje, vuelo largo de X horas (para mi a partir de 2h ya es largo, porque me aburro con facilidad). A mitad del aburrimiento te das cuenta de que en varias filas a tu alrededor hay gente sobando. Durmiendo pero bien, con su fase rem, su boca abierta, todo. A baba suelta. Y tú piensas: mira qué bien duerme ese cabrón. Tocando tierra ya, el tío se despierta, gozoso y sin sobresaltos, y le oyes decir: “ojjjj que bien he dormido, tío, como nuevo. Ha sido pillar la pose y quedarme frito”. Sus dos horas de gustera yo las he pasado haciendo sudokus hasta el derrame cerebral, mirando con recelo los dibujos chorras de las instrucciones de seguridad, leyendo todos los papeles que había en el bolsillo de Doraemon del asiento de delante -me interesaran o no-, imaginando la vida de cada azafata o persona que tenía en mi campo visual, subiendo y bajando la mesita sin tener nada que apoyar en ella, mirando por la ventana -cuando el afortunado que la disfrutaba tenía a bien subir la maldita persianita- y así, hasta rellenar dos horas. Y todo por no haber sido bendecida con el don de pillar la pose. ¿Qué pasa con la postura, vamos a ver? ¿Reparten sólo unas cuantas al principio del vuelo y llego siempre tarde, como a los periódicos, y por eso me toca leer el Marca? ¿Acaso el asiento de ese tío iba acolchado con plumas de pechito de ganso, tiene reposapiés ergonómico masajeante  y por eso ni se clavaba el apoyabrazos contra las costillas ni le daba la sien contra ese relieve imposible que decora todas las ventanillas de los aviones? ¿O es que él tiene las cervicales reforzadas con titanio y adamantium y a mi me tocó el cuello de muñeco de ventrílocuo, que cede hacia cualquier lado dando cabezazos a la que me duermo un nanosegundo? Sinceramente, que asco dáis todos estos que pilláis la postura y llegáis a los sitios frescos como lechugas y no como servidora, que parece que venga de jugar la Super Bowl sin casco ni protecciones y con las mismas dos franjas negras pintadas debajo de los ojos, solo que en mi caso son ojeras, no betún.

A esta raza odiosa de gente que agarra la postura y no la suelta ni la presta hay que sumarle otra especie detestable también: la del buen cagar cuando viajan. Las dificultades de evacuación cuando se sale de casa son, curiosamente, un mal compartido por cientos de miles de personas. Menos por unos cuantos jodidos afortunados, que desatan ese tipo de envidia de cagarse en toda su casta (de poder hacerlo, claro). Hablo de esta gente que te ve hinchada como una gaita, que te ve sufrir rezándole a San Kiwi  y te propone con alegría "¿te apetece que compartamos un arroz para comer o prefieres unas migas?". Que guantazo os arreaba… Esta gente que cree alumbrarte el camino cuando te pregunta "¿Has probado a tomarte un Activia o algo así? Dicen que va bien", cuando tú ya llevas tantos bífidus y tanta flora intestinal que podrías reforestar el desierto del Gobi entero. Me refiero a estos que te dicen “ay, ¡yo es que cago en todas partes, no tengo problemas!” mientras te ven a ti haciendo química básica, a ver si a la fórmula ciruela + yogur + café + cigarro te da como resultado el tan esperado muñeco de barro. A esta especie sin corazón, que mantiene su ritmo intestinal con la precisión de un cronómetro olímpico y que necesita compartirlo contigo mientras tú sobrevives a base de tabaco Fortuna y Fabe de Fuca yo no les deseo nada malo, pero ahí les tengan que operar de miopía y solo esté libre Michael J. Fox.

Mención especial merece también este sector de la población que se conoce como "los del metabolismo agradecido", capaces de  tragarse la fábrica de chocolate de Charlie entera y sin apenas masticarla y quemarlo en lo que dura un estornudo porque tienen "un metabolismo muy agradecido". Los reconoceréis por ser aquellos que, cuando te ven haciendo dieta a base de apio y agua destilada (porque te has puesto redonderas por culpa de cuatro macarrones de mierda y tres coca colas), no pueden evitar decirte "yo es que como lo que quiero y no engordo, es mi metabolismo". A esta raza, de bofetón con opción a colleja, que necesita recordarte la suerte que tiene de poder comerse un gofre del tamaño de un mamut rebozado en nutella sin que su cuerpo absorba las calorías ni el colesterol, yo la envidio y la detesto en la misma proporción: lo primero, por la suerte de su naturaleza de eterna mojama que les garantiza tener siempre la misma talla y poder llevar en el 2012 ropa del '92; lo segundo, por lo irritante de su estupidez, su falta de tacto y esa mala costumbre de vacilar de algo que les vino dado por la gracia de Dios.

Envidiar a alguien por el lujo en el que vive, el cochazo que gasta o por el sueldazo que le cae cada mes a mí me ha parecido siempre realmente estúpido, porque son cosas que dependen de factores como los recursos, la suerte, el esfuerzo, el trabajo, la familia, las circunstancias de vida, etc. Tener bienes o acumular objetos… ¡bah, trivialidades! Lo que realmente jode es no tener ni siquiera el kit básico de ser humano que supuestamente nos dan a todos al nacer y que se compone de habilidades como pillar la postura buena (que debería ser cualquiera) cuando se tiene sueño; sudar de manera razonable cuando se hace deporte y no como si andase forrada en papel film de cocina; o tener la sangre salada y no rica como el turrón para cualquier mosquito que viva a 55 km a la redonda.
Lo que yo te diga: si la envidia fuera tiña...

martes, 12 de junio de 2012

De cuando un mensaje era solo eso, un mensaje


Cualquiera que me conozca un poco sabe que, en la lista "Actividades que practico asiduamente con mis amigos", la ingesta de cerveza al tiempo que se habla de la vida y se debate sobre el género humano ocupa una posición privilegiada en el ranking. Hace unos días en una de estas tandas de cañas, escuchando a dos amigos que me contaban las novedades respecto a sus recientes incorporaciones en materia sentimental, me di cuenta, de repente, del giro alarmante que han tomado este tipo de conversaciones en los últimos años. Ahora ya no basta con el amor, la pasión, el gustamiento, los nervios y todo lo que se deriva de tener una historia sentimental. Ahora, a todo eso, hay que sumarle la geolocalización.

"El otro día me llama, y me dice que si quedamos y vamos el sábado a la playa. Bueno, antes de esto me envía un mensaje el miércoles para contarme que tenía mucho trabajo y que, si queríamos, nos veíamos por la noche. Yo le dije que vale, aunque me iba un poco mal pero como hacía un par de días me había enviado ese mensaje tan raro y luego no me cogía el móvil pues pensé, venga, vale. Bueno no, espera. Tú lo último que sabes es lo del mensaje del domingo, ¿no? Vale pues el lunes siguiente no me dijo nada en todo el día. Entonces me conecté al Facebook y vi que se había conectado también. Le envié un Whatsapp y no me dijo nada, y yo flipando, claro, porque había visto el mensaje seguro, que me salían dos checks del Whatsapp. Le envié un mail por si acaso, porque a veces el móvil le falla, blablabla…". 

Mientras seguía el hilo de la conversación me puse a calcular, a grosso modo y casi sin querer, cuántas veces salía la palabra ‘’mensaje’’ y ‘’móvil’’ durante el relato. Pese a la cantidad de datos, fechas y otras referencias con las que me bombardeaba, no me resultaba difícil seguir la cuenta, dada la imposibilidad de pronunciar estas palabras en una oración sin gesticular absurdamente. Así, en los momentos en que el contenido de la conversación me abducía, el movimiento sutil de deditos tecleando al aire me hacían volver a mi recuento en paralelo."Le envié un mensaje" tiqui tiqui tiqui así, con los dos pulgares, o “todo esto que te cuento fue por mail” tiqui tiqui tiqui tecleando la nada, como memos. El número de veces en las que mi colega hizo referencia al móvil, al Whatsapp y otros elementos virtuales fue escandaloso, como también lo es esta incapacidad que hemos desarrollado con los años de explicar algo sin recurrir al inventario epistolar. El orden de los mensajes, por lo visto, ahora sí altera el producto, y un chorrimensaje del miércoles es VITAL para entender por qué estamos como estamos a día de hoy, por lo que se hace imprescindible saltar en el discurso de un día al otro, de un sms a otro para explicar cualquier acontecimiento. ¿Hemos perdido la capacidad de hablar en general, de lo que se siente y de lo que ha pasado sin más, sin necesidad de entrar en tanto detalle de días, horas, noches minutos, mensajes, mails y lo que surja? Absolutamente. 

Lo que más me inquieta es que en un tema tan visceral y emocional como es estar enamorado/enrollado/encantado o lo que sea, el móvil se haya convertido en el termostato de todo el proceso. De un tiempo a esta parte, la atención de una persona se mide por el número de mensajes que te envía a lo largo del día, siendo "muchos" algo positivo (“estamos todo el día mandándonos mensajes, y diciéndonos tonterías con el Whatssap”, “ayer me mandó cincuenta y cuatro mensajitos”) y “pocos” una señal de mal augurio (“ya casi no me manda mensajes ni nada”, “hace dos días que no me envía el mensaje de por la mañana, cuando antes siempre lo hacía” o “mira, el último es de hace cuatro días"). Y así.
La ansiedad que te provoca una relación se mide según el número de minutos que pasan entre que tú envías un sms y el otro contesta: "mira, le envié un mensaje ayer a las 21h y hasta este mediodía no me ha contestado. No es normal ¡seguro que le pasa algo o ya se está agobiando!". De la misma manera, y según el contador universal Nokia, el nivel de querimiento depende de la misma variable, por lo que si tarda poco en contestar, significa que la otra persona está por ti. En caso contrario, es un síntoma inequívoco de que “la cosa se está enfriando” y que “ya está, ya empieza a hacer rarezas”.

Lejos de mejorar las cosas, la llegada del Whatsapp ha supuesto el fin del equilibrio mental para muchas personas. Poder saber si el otro ha recibido y/o leído el mensaje es algo directamente proporcional al grado de locura que puede uno alcanzar. Y si además puedes ver cuándo fue la última vez que miró el programa del demonio, que empiece ya el festival del Tranquimazín porque:
-  Si lo ha recibido- leído, no contesta y encima hace pocos minutos de la última vez que se conectó, un 80% de la población entra en /mode Glenn Close en Atracción Fatal: desequilibrio total.
-  Si lo ha leído pero ha tardado mucho en contestar, hablamos de nivel de ansiedad tipo voy en reserva y no veo gasolineras, porque te hueles que está pasando de ti y que hemos entrado en barrena. Nada bueno puede ocurrir después de esto.
-  Si lo ha recibido, lo ha leído y te contesta enviándote la mierda sonriente, la berenjena o la flamenca, generalmente la desorientación vence al agobio, por lo que te quedas inquieto y decepcionado por lo poco elaborado de su mensaje pero con los nervios un poco más templados. Es flor de un día.
-  En caso de contestar con "normalidad" y "rapidez", además relajar al otro estará marcando un precedente y, si algún día se sale de esa agilidad, pasará a darse cualquiera de los supuestos anteriores.

De locura estamos todos bien, gracias.

Facebook es otra herramienta diabólica ideal para provocar un cuadro clínico de enajenación. “Ha puesto un “me gusta” en el muro de tal y se ha hecho amigo/a de no sé quién”, “sé que  se ha conectado porque ha puesto no se qué en su estado pero a mí no me ha contestado el mail, que se piensa ¿qué soy imbécil”, “siempre que entro a Facebook y está, al minuto se desconecta del chat”, “voy a poner que estoy aquí con tal y tomando cuál para que vea que me divierto y le joda”, subir dos mil fotos de fiesta con desconocidos, envolver tus actualizaciones de estado con un halo de misterio de parvulario para provocar preguntas… y otras formas de volverse un perturbado, perder el tiempo tratando de saber el dónde y el cuándo de todo y querer provocar una reacción en el otro que tú mismo no eres capaz de resolver de una manera más sencilla: hablando.

Tengo ganas de volver a escuchar historias bonitas y con una construcción del discurso normal, sin tanto tirar p’alante y p’atrás en el tiempo atendiendo a cada coma de un mensaje. Tengo ganas de que alguien me cuente que ha conocido a otro alguien y que no activa el DEFCON 1 si ese otro no contesta todos los mensajes rompiendo la barrera del sonido. Tengo ganas, en definitiva, de que volvamos a prestar atención a lo que nos pasa, a lo que se siente y no al día, la hora, el muro, la foto etiquetada o el emoticono de los juncos que nadie sabe qué mierdas significa.

Creo que no me equivoco si digo que "Las nuevas tecnologías en la pareja, usos y aplicaciones" va a ser el título del próximo best-seller que lo va a petar en las secciones de Autoayuda. Y a no tardar mucho como sigamos así.

jueves, 26 de abril de 2012

Cuando errar era de sabios y no de errantes

Conozco a pocas personas que se equivoquen con elegancia y con plena consciencia de ello. Conozco a muy pocas personas que confiesen cometer errores y no traten de disimularlo con positivismo superficial y con supuestos aprendizajes empíricos. Y conozco a menos personas aún que tengan valentía y madurez como para decir “he cometido un error” acabando la frase ahí, sin necesitar añadirle nada más.
El huracán del positivismo que viene asolando nuestra cultura en los últimos años se ha llevado por delante conceptos como el error, la asunción, la realidad, la aceptación y la responsabilidad. Con esta obsesión de querer ver el lado positivo de todo y de querer aparentar ser alguien constantemente feliz y positivo (para logarse así un supuesto reconocimiento en el grupo) se ha llegado a tal punto que, por lo visto, ahora ya nadie se equivoca. Ahora ya nadie la caga. Ahora a cometer un error se le llama “no estar acertado” y, sobretodo, se adorna con  sentencias tipo “pero me siento superorgulloso/a de mí mismo”, “pero he aprendido mucho de eso” o “bueno, estoy contento/a de todas formas porque ha sido una experiencia positiva”. ¿Pardonemuá?

¿Qué problema tiene la gente con cometer errores, sin más, y apechugar con ellos sin convertirlos en una fiesta? ¿Qué es lo que mueve a las personas a querer ser siempre alumnos aventajados, infalibles y perfectos? ¿No será que no sabemos cómo manejar la mala conciencia, la decepción o  el mal cuerpo que se le queda a uno cuando es consciente de una Gran Cagada? Pues sí. Resulta que con los errores pasa lo mismo que con la incertidumbre: no nos gustan, se llevan mal y hay prisa por largarlos y sacar de ellos una experiencia positiva segundos después de haberse cometido, aunque sea falsa. De ahí la necesidad (y tendencia social) de inventarse una realidad paralela donde todo parece un paseo y nada duele ni está mal. Y si ha estado “menos bien” (porque mal no se puede decir, que entonces eres un negativo, caca, uuuh, ¡fuera!), cierra fuerte los ojos y sonríe amablemente mientras dices “oye, pero he sacado algo muy bueno de esto y estoy muy contento/a conmigo mismo/a”. De este modo creerás haberte desecho de tu error y te quedarás más tranquilo porque creerás haber entendido algo.
Nótese que he dicho “creerás”,  porque el método del positivismo como consuelo para todo es sólo una ilusión para bobos, un consuelo tontorrón para aquellos que no pueden asumir un Error sin más si no viene forrado de azúcar. Y dije “creerás” porque, en realidad, de aprendizaje nada, queridos. La próxima vez volveremos a cometer el mismo error, porque con tanto disfraz seremos incapaces de reconocerlo si vuelve a pasar, y nos seguiremos dando de frente hasta que un día, mejor pronto que tarde, la madurez venza al miedo de saberse humanos, y por tanto imperfectos, y digamos abiertamente: la cagué. Será cuando se deje de adornar cuando se pueda ver, y será al cabo de un tiempo cuando se aprenda algo. Lo que se conoce como proceso de aprendizaje, vaya. 

Cada vez son más las críticas al empacho de optimismo y a la descontextualización de conceptos que venimos viviendo desde hace unos años (Bárbara Ehrenreich explica muy bien las trampas del culto al pensamiento positivo en Sonríe o muere). Se empieza por fin a poner en duda y a reprobar tanta indulgencia y tanta superficialidad a la hora de valorar las propias experiencias. Y no sólo eso: se empieza incluso a ver que esto de ser tan chupi-hurra-todo-es-una-bendición no es, ni mucho menos, práctico y menos aún real. Según un estudio (que podéis encontrar aquí  –en inglés- o  buscando a los autores T.Sharot, C. Korn y R. Dolan en San Google) una consecuencia negativa del exceso de positivismo radica en la subestimación de los riesgos. Las personas con sobrepeso de optimismo tienden a calcular erróneamente las posibilidades de que algo malo suceda y, además, padecen una resistencia al cambio mucho mayor que el resto cosa que en los tiempos que corren es algo más malo que bueno (¡uh! ha dicho ¡malo!). Sólo con este dato  ya deberíamos plantearnos si realmente  estamos haciendo bien pretendiendo que todo suene mejor de lo que es y transformando la realidad según nos parezca más conveniente.

Aclaro desde ya y para evitar debates absurdos que en este post no se pretende hacer una apología del pesimismo ni de la autoflagelación como método de redención por los errores cometidos. Que sí, que siempre es más llevadero plantearse la vida de cara que de culo, efectivamente, pero eso no está reñido con el realismo, la sinceridad y con la honestidad con uno mismo. Entre el auto-castigo machacón y el premio bobalicón que se dan muchos engalanando los errores, hay un gran espacio en el que se mueven conceptos tan interesantes como la autocrítica, la aceptación, el análisis, la reflexión y la resiliencia, grandes indicadores de madurez y de sentido común. Y es un espacio que estaría bien valorar, tener en cuenta y aprovechar. Ni que sea para poder decir, con fundamento y no como muletilla, que de los errores se aprende. De los eufemismos no.

martes, 17 de abril de 2012

Por estrenar

Quedé el otro día con una amiga para tomar algo y, por esas cosas de la vida que te dejan más mal que bien si las cuentas, salí de casa justa de tiempo. Ese “justo de tiempo” que te obliga a andar rápido y a hacer el baile del gorrión: una sucesión de pasos rápidos acelerados tras un saltito y tres pasitos cortos rápidos más seguidos de marcha rápida, con los que parece que corres más pero que, como  puede imaginar cualquier ser bípedo con dos dedos de frente, no sirven de una mierda. Llegué a mi destino reflexionando sobre lo idiota que venía pareciendo desde los últimos tres chaflanes cuando mi colega confesó hacer un baile parecido siempre que se veía llegando “casi” tarde a algún sitio. Y ahí pensé: ay mira Jackie, no estás sola en esto de hacer inutilidades. Consuelo efímero pero grato.

Cargar el móvil cinco minutos antes de salir es una de las actividades con más seguidores a nivel mundial y con menos resultados favorables que se conocen. Pero ¡eh! ahí me tienes  enchufando el aparatito a la corriente mientras me acabo de vestir, con la esperanza vana de que sirva para conseguir esa rayita en la batería que, supuestamente, me salvará de la hecatombe de quedarme incomunicada. Sé que esos cinco minutos servirán tanto como llevar el teléfono abrazado durante una hora confiando en que el cariño sustituya a la electricidad, pero da igual, una va más tranquila por la vida si sabe que ha hecho algo por solucionarlo. Aunque sea algo memo.

La misma sensación de esperanza vana me invade cuando voy de compras, encuentro algo que me gusta, me lo pruebo y, tras ver claramente en el mismo probador que me queda tan raro como a un cristo un Kalasnikov  me digo: “bueno, me lo probaré en casa  a ver qué tal”. ¡Ah! los espejos de casa, esos grandes… ¿cirujanos? ¿milagros de la óptica? ¿Qué esperas que pase cuando te lo vuelvas a probar en casa, reina? Si te queda mal en un sitio, la probabilidad que cambiando la variable espacio la cosa mejore es ninguna, cero, la misma que esperar que en el trayecto tienda- casa me de una liposucción espontánea. Si parezco salida de un cuadro cubista ya en el probador, en casa el fenómeno será el mismo pero con la única diferencia que habré arreglado el look tapándolo con otras prendas que en la tienda no tenía a mano. Nótese que he dicho tapado, porque en casa una intenta tapar los defectos que le hace la prenda, no combinarlos con complementos. Pero, como en el futbol, la esperanza siempre está puesta en que en casa ganemos. Una de tantas maravillas de la inteligencia humana.

Hablar con los aparatos eléctricos y acariciarlos/golpearlos es otro gesto estéril que comparte la raza humana en general y que yo practico a diario. Con la llegada de las pantallas planas los plasmas y toda este mundo de pulgadas, megapíxeles y jarpisíndeleins se ha perdido la tradición, pero hubo un tiempo en que aporrear la tele cuando no iba bien era  un gesto universal en muchas familias, tanto como el “deja de darle a la tele Mariano que la vas a estropear más” o como poner papel Albal en las antenas de los televisores porque así cogía más señal (dadme unos segundos para recuperarme de este ataque de nostalgia). Ya está. Yo reconozco que siempre he hablado (quien dice hablado dice gritado) con las impresoras, y me consta que no soy la única descerebrada que mantiene charlas (quien dice charlas dice insultar). No sirve de nada porque jamás he conseguido otra cosa que no fuera  hacer el pena delante de mis compañeros de oficina y seguir recibiendo papeles en blanco o con cuadritos de colores del aparato de los cojones. Eso y despertar la suficiente compasión en el informático como para que, después de oírme decir (gritar) “¡¿Falta papel? ¿Cómo que falta papel si te acabo de dar de comer?¿?¿ ¡Toma, está aquí!! ¡¡Si no coges los folios es porque no quieres!!!” o “¡¿Qué mierdas te pasa ahora, jodida, si ya te he mandado a imprimir doce veces el documento!?!!” le de por levantarse y hacer algo útil, como arreglarla. Gra-cias-ma-jo. Qué detallista.

Lo que me alarma de todas estos actos reflejos, además de la frecuencia con que los llevo a cabo, es que  se caracterizan por la más absoluta ausencia de lógica y por ser repetidos sistemáticamente aún sabiendo de antemano que jamás en la historia he obtenido ni un solo resultado favorable que me anime a seguir haciéndolos. Los temas que me he dejado de estudiar porque “sabía” que no iban a entrar me han seguido jodiendo la existencia; los aparatos siguen sin funcionar por mas que intercambie las pilas de sitio esperando que recuperen la energía o vete tu a saber esperando qué carajo;  los bolis que no pintan no van a sacar repentinamente un chorro de tinta por más aliento que se les eche (a no ser que te hagas tragado treinta y cuatro jalapeños, que en ese caso pasas directamente a formar parte de la familia de los dragones de Komodo, y ahí sí que ya no te discute nadie); y poner cd’s viejos en el balcón o bolsas de plástico atadas jamás ha evitado que las palomas sigan decorando el suelo de tu terraza con mierda al óleo.
Por eso, y viendo el gran delay que lleva mi subconsciente respecto de la ciencia, me pregunto: si  no hay argumento empírico que los respalde, porque ninguno de estos actos me ha funcionado nunca, ¿por qué carajo insisto? y ¿cuántas horas al día me paso con la lógica y la razón desconectadas? Cualquier día me sale moho en el cerebro por no sacarlo del celofán ni para estrenarlo.

martes, 3 de abril de 2012

Prêt-à-vomiter


Pues fíjate tú que ya estamos con la cabeza metida de lleno en el entretiempo, esa época del año en la que florecen las combinaciones de ropa tan psicodélicas como extremadamente absurdas; esos días en que los calcetines molestan como si estuviesen fabricados de lana gorda y carbón encendido y vas a todas partes con chaquetas y ropa sobrante en la mano; esa época de vestir a parches porque cómo-se-nota-ya-el-calor, sí-pero-cuidado-que-luego-refresca, y sí-además-no-tengo-ninguna-chaqueta-de-entretiempo-que-me-abrigue-lo-justo.
Zara y sus secuaces ya hace semanas que sabían que llegaría este momento y llevan todo este tiempo (desde febrero, de hecho) exhibiendo lo que las revistas denominan "los musts de esta primavera-verano", "lo que se va a llevar", "lo más trendy" . Observo lo que  Vogue, Elle y modernísimas bloggers de moda consideran “imprescindibles” y cosas que “no deben faltar en tu armario para ser cool total” y me tomo unos momentos para decidir si me va a dar más por la cagalera súbita o por la risa psicópata. Y es que temporada tras temporada me sorprendo haciéndome la misma pregunta: ¿esta mierda se va a llevar? O ¿esto se lo va a comprar alguien, en serio? Porque sí, habrá tendencias elegantes, líneas que estilizan y colores que favorecen, estampados arriesgados y combinaciones estilosas, vale. Pero algún zurullo que otro también se les escapa a los Señores de la Moda, no nos engañemos, así que he hecho una lista para todos aquellos escépticos que se olvidan de esos grandes errores de las tendencias:

-     Las sandalias de cuello alto. Mi más absoluta incomprensión. ¿A qué se debe esa moda extraña de llevar el tobillo cociéndose a fuego medio y los dedos al aire? Ni encerrando a 60 científicos y 40 zapateros en un búnker durante semanas encuentran entre todos una manera mejor de cortar, achatar y ajamonar la pierna de una mujer. Gracias, cabrones, por sugerir que llevar una sandalia que parece un calcetín con un gran tomate por donde asoma todo el pie sea lo último. ¿Qué será lo primero? Me viene un escalofrío justo después de cerrar la interrogación.

-     Los shorts. Una prenda mona, graciosa, juvenil y apropiada únicamente para chicas altas, flacas y de 14 años que van de campamentos al río. No hablo de bermudas, conste, prenda que, dicho de paso, únicamente sienta bien a altas y delgadas una vez más. Hablo del short pretuno, del pantalonsito de reaggetona, de ese minúsculo pantalón vaquero ceñido y mil veces más eficiente que el colesterol para provocar trombosis. ¿De donde sacarán esa mala leche a la hora de sugerirnos looks? Si quisiera parecer Regina dos Santos me pintaría de marrón, me cardaría mucho el pelo y me pondría pechazos, pero shorts de fulana (y no me refiero a la amiga de mengana) jamás. Porque llevar medio cachete al aire o levantarse de una silla de playa con rayas horizontales atravesando los muslos no es bonito ni cómodo ni práctico. Es tacañería del fabricante, caballeros.

-    Los vestidos a ras de césped, o la imposibilidad de encontrar un vestido que no me haga enseñar el choto cuando me agacho. Ahora resulta que es “super trendy” llevar un look “preppy” compuesto por un vestido orea-chumino que te tapa algo únicamente si estás de pie y muy tiesa, porque a la que una se sienta o se agacha ¡Tachaaaaan! ¡Hello moñate , goodbye dignidad! Panda de cabrones... ¿por qué no sugerís unos pantalones con un par de agujeros bien grandes en la bragueta para que al sentaros los huevos os topen con el acero frío de la silla? Verías tu qué risas y como se dejaban de hacer vestidos-blusas.

-    Llevar tacón no significa parecer drag queen o tullida. Puede resultar obvia esta afirmación pero, a juzgar por el grado de hijoputismo con el que hacen los zapatos, yo diría que estoy descubriendo algo serio. Zapatos con un tacón tan alto y tan fino que no te aguantas  derecha ni en el probador. Stilettos tan exagerados que con eso no se anda y menos aún se corre así que ya te estén atracando, se te escape el bus o venga un misil de cara, no se te ocurra alterar tus pasos de geisha si quieres conservar los molares en su sitio. En resumen: zapatos tan altos que sólo sirven para que los ligamentos cruzados acaben siendo paralelos o para sacar las piernas de una limusina (sin levantarse, claro, eso ya hemos dicho que no se podía). Eso por no hablar de esa especie de medio-botín-medio-zapato con plataforma, que vienen con su ristra de cupones de regalo cuando vas a pagar, porque de los ortopédicos de cojo a éstos hay muy poca diferencia. Pero son preciosos y estilizan la figura, sí. Claro que llevar un mástil ensartado por el culo también hace más alto y oye, se te queda la espalda erguida que es una gloria.

-     Los trikinis, una diabólica amalgama de lycra que debería ir siempre acompañada de riñonera, gafas de sol TruColor del Teletienda y un ventilador chiquitito de esos a pilas para acabar de darle el look tarugo al asunto. El trikini es el mayor insulto que nos han hecho jamás a las tías. Como si no fuese ya bastante difícil salir del agua sin que se te meta la braga por el culo, uno de estos garantiza tener media cacha fuera, un cuarto de pezón al aire, un par de michelines espalderos que antes no tenías y el bronceado más tonto de toda la playa. ¿A quien habrá que agradecerle este elemento tan “in” y con tanto glamour? Por enviarle un par de sobrasadas, digo.

La lista de grandes aberraciones y sugerencias de moda incluye otras perlas como las bambas con taconcito; la fiebre por hacer que todo sea strecth-ajustado-entallado-ceñido que marque hasta el páncreas; las botas-descanso con pelo de yak de Albacete ideales para los días de invierno gélido que tenemos aquí en el tirol español; las zapatillas de estar por casa modelo carcamal para lucir por la calle con unos dockers y un pijo naftalinero dentro; el estilo pin-up patrocinado por Bershka y que ha condenado al horterismo a todo un universo iconográfico; las botas altas por encima de la rodilla modelo Luis XIV que han contribuido a la recuperación de nombres tan ilustres como Aramis, Portos y Athos… y un largo etcétera de mierdinguis que todos intentamos olvidar.

Lo que me indigna de todas estas truñer propuestas de moda es la coartada que se usa siempre para defenderlas: la incomprensión. Si te parece ridículo llevar zapatillas de señor para ir por la calle significa que es una tendencia demasiado elevada para tí, pobre mortal sin visión de futuro. Por eso parece que sólo entienden de moda los asindromados que, con voz nasal tipo retraso mental aristocrático, anuncian desde sus  videoblogs los artículos ultra imprescindibles que son “lo más”, “súper trendy”, “cool” y que “no puede faltar en tu armario” si quieres ser alguien esta temporada. Y hala, todo el mundo a decir chorradas amparados en  el paraguas de la modernez incomprendida. Y venga, todo el mundo a creérselo y a repetir las mismas tonterías que se vienen diciendo desde hace años sobre los tacones altos, supuestamente tan femeninos y tan cómodos que te sientes más mujer con ellos y, ojo, que además llevan añadido un plus de orgullo por saber sufrir para parecer estilizada. Si nos convencieron para decir esto de unos "zapatos" que deforman el pie, hinchan las piernas y dan dolor de espalda, lo demás es sólo cuestión de tiempo y de poco criterio. 

De la moda no se salva nadie y el que más o el que menos ha tenido pantalones de campana, ha llevado tacón destroyer o ha lucido vaqueros con agujeros en algún momento. Y claro que cuando nacieron las hombreras nadie sabía cuánto nos íbamos a reír de ellas unos cuantos años más tarde; y que todos los que las llevamos en algún momento queremos caer al suelo fulminados por un rayo cada vez que tu madre enseña Esas fotos. Pero una cosa es vivir en tu tiempo y vestir más o menos a la moda, y otra muy distinta definirse a través de ella y decir cosas como (póngase otra vez voz de pijo mónguer) “yo es que soy un fanático de los zapatos”, "donde se ponga un taconazo que se quite cualquier cosa",  “me apasionan los bolsos y puedo tener doscientos, o sea, tranquilamente”, “mi estilo es el hippy-chic y a veces casual pero trendy”, o “yo soy una fashion victim”. Cuando oigo este tipo de disparates, muy en la onda del nuevo y fantástico spot de Loewe y sus protagonistas discapacitados, me vienen a la cabeza dos breves reflexiones:
1-   víctima de la moda es esa señora de la India que cose ropa durante dieciocho horas en un taller de mierda e insalubre por 1 € al día
2-   ¿Fanático de la moda? ¿cool y trendy? A ti lo que te pasa es que eres gilipollas.

lunes, 26 de marzo de 2012

La soledad del fuerte

Se comenta a menudo que soy fuerte, que tengo carácter, que soy valiente, que tengo perspectiva y que, por eso, se me da bien escuchar. Se ha dicho en varias ocasiones que los tengo bien puestos, que tengo una curiosa capacidad analítica y que acostumbro a ser asertiva y contundente. También se ha apuntado varias veces que me explico con claridad, que aporto un punto de vista curioso a algunos asuntos y que soy luchadora. Y, por lo visto, todo eso mola. No sé yo.Tendrá su lado amable pero si algo sé es que, contrariamente a lo que se pueda pensar, estas características tienen un precio, es elevado y lo paga sólo el poseedor, nunca el beneficiario.

Una consecuencia amarga que tiene esto de ser aparentemente seguro y fuerte es que las personas acostumbran a olvidarse de ti cuando de repartir se trata. El abandono del fuerte, ese abandono disfrazado de admiración o de cariño amoroso que no deja de ser eso, abandono. Porque los fuertes, por lo visto, no necesitamos ánimo, no necesitamos atención, no necesitamos nada. A los luchadores que nos jodan, que ya nos arreglamos solos porque la autosuficiencia va implícita y se sobreentiende que es infalible. Eh, que molas mogollón y te quiero mucho porque me ayudas siempre, conste, pero para tus cosas y cuando necesites aliento apáñate sólo, que a ti no te hace falta y, además, yo estoy demasiado ocupado siempre buscando aplausos por doquier y necesitando del resto.

Qué bien.

El rol de terapeuta 24h es la segunda consecuencia que se desprende directamente de la anterior. Eres fuerte y aportas perspectiva a los problemas, ergo te voy a llamar siempre que necesite un escuchador y te voy a volcar toda mi mierda cuando te vea. Luego, volveré a mi casa tan ricamente y aliviado habiendo dedicado cinco escasos minutos de nuestro encuentro a preguntarte qué tal estás, y volveré a llamarte únicamente cuando necesite otra inyección de moral o cuando sienta que el peso de mis problemas es demasiado y vuelve a ser la hora de volcarlos sobre alguien. ¿Te preguntaré qué tal te va y escucharé tu respuesta con atención? ¿Compartiré contigo luego tus inquietudes para intentar arrojar un poco de luz, por aquello de colaborar? No hombre no, porque tú eres fuerte, tú siempre estás bien, no lo necesitas tanto como yo. Vosotros con una palmada en la espalda vais sobraos.

Toma un sugus y a correr.

El cariño, el cuidado, la dulzura y el tacto son cosas que, generalmente, se nos dan con cuentagotas porque la resistencia y la impermeabilidad van implícitas en el lote también. De alguien fuerte te puedes burlar cuanto quieras, que ellos aguantan porque no son sensibles como el resto de inseguros necesitados de hurras, vivas y bravos. A las personas como yo, con carácter, determinación bla bla, nos dan igual los detalles, por lo visto, los cariños, las atenciones, los mimos y los gestos dulces. Con un azucarillo rancio que nos den de tanto en tanto, ya tenemos bastante, porque quienes realmente necesitan los gestos de amor y los cuidados son otros: los inseguros que nunca saben qué hacer ni cómo y ay-y-uy-y no sé yo; los pusilánimes que llevan su debilidad por bandera con la única intención de inspirar compasión en el otro; aquellos que se alimentan de atención permanente, gestos de aplauso y oles por cualquier gesto mínimo que hagan; aquellos quienes necesitan el terapeuta que hay en ti porque claro, están mal y hay que ayudarles; los  débiles de espíritu de los que siempre hay que tirar y a quienes hay que animar hasta la extenuación para que hagan algo… En resumen, los egoístas. Porque si hay común denominador en todos estos perfiles es el egoísmo. Esa avaricia que les mueve a sangrarte hasta la última gota de energía de para luego, una vez recuperados, no devolverla jamás. Ese egoísmo que los convierte en grandes maestros del escapismo cuando de mirar a su alrededor y echar un cable se trata. El mismo egoísmo que les hace desaparecer discretamente cuando te llaman una vez más para buscar tu fortaleza, tú te quejas con un “ya está bien, yo también estoy mal hoy” y desaparecen sin más, ofendidos además por haber encontrado el consultorio cerrado ese día.

Que ombligo tan entretenido tienen que tener algunos para andar todo el día contemplándolo, oiga.

Históricamente al fuerte se le ha abandonado a su suerte (¡rima!), dando por hecho una autosuficiencia y una resistencia titánica no siempre real y volcando el 100% de los recursos en los mismos. Sin embargo, de un tiempo a esta parte son varios los sectores que están empezando a salir en defensa de este colectivo herculino, son cada vez más las asociaciones de apoyo a los “aguantadores” y  caza vez más las personas que se dan cuenta de que hay que cuidar a los que cuidan y apoyar a los que sostienen. Ya era hora que se reparase esta cagada histórica, ni que fuese un poco, y se empezase a romper el mito que los fuertes no necesitan nada y que lo son por la gracia de Dios. 

Se habla a menudo de la soledad del poderoso, ese vacío con eco que se dice que hay ahí arriba en las alturas de tu propio imperio; también es conocida la soledad que acompaña a la fama, ese aislamiento pasivo en el que se ve envuelto el protagonista a quien sus amigos ya no llaman por no molestar o porque dan por hecho que no podrá atenderles. Pero hay un tipo de soledad, menos glamurosa y económicamente menos rentable que es la soledad del fuerte: esa que paradójicamente te rompe el corazón pero que se retroalimenta haciéndote aún más fuerte. Curiosidades de la vida.