martes, 18 de octubre de 2011

¡Torero!

El gimnasio al que voy no tiene un acceso directo e íntimo que comunique los vestuarios con la piscina, por lo que para ir del punto A al punto B tienes dos opciones: o bien usas el recorrido pensado para ello y que implica pasar por un breve lateral de la sala de fitness, o bien cruzas la sala entera y por el medio (dependiendo ya de las ganas de exhibicionismo que tenga cada uno). El pasillito lateral es el trayecto más corto y el camino que todos los usuarios eligen hacer, por práctico lógico y discreto. Todos menos ÉL.

ÉL, señor de edad comprendida entre los 56 y los 76 años (puede ser joven mal conservado o mayor con buena piel), gordo como un pavo relleno y con una barriga a punto de escupir muñecas Matrioskas de sí mismo, elige ir a la piscina haciendo un paseo torero por toda la sala de fitness. Orgulloso de su cuerpo ibérico y con con el mismo porte que el gallo Claudio, ÉL cree que ahorrarse el atajo y alargar su trayecto hasta la piscina es el mejor regalo que nos puede hacer, porque ÉL es así, generoso, y no se corta un pelo.
Claro que no.

ÉL, calvo en la parte superior de la cabeza y con pelo larguito en la parte inferior, opta por salir del vestuario con sus chancletas de belcro, (amantes de las reliquias, ¡a por él!) un diminuto bañador negro estilo farda-huevera y una pequeña toalla que, lejos de tapar un centímetro de su curiosa figura, decide llevar en la mano (!!!!!) Claro hombre, ¿por qué tapar ese cuerpo made in Botero pudiendo lucirlo como Paquirri por todo el ruedo?
Qué valor.

La mayoría de los usuarios del gimnasio que hacen el recorrido vestuario-piscina tienen más pudor y mejor cuerpo. ÉL no. Pero o no lo sabe, o le importa un carajete. Porque ÉL va a la piscina con la cabeza bien alta (por orgullo y porque el estómago vacuno le resta visibilidad) cuelga su toalla dinA4 en la barandilla y, satisfecho y ufano, se coloca el gorro del terror, acabando así con la poca dignidad que le queda. Lo del gorro es universal, seamos justos, y no hay ser humano que al ponerse uno se libre de parecer un figurante de Cocoon. Pero con ÉL, en particular, el gorro se ceba más que con el resto, porque la presión de la silicona le levanta esa melenita rala que le cae por detrás y se la deja a modo toldo sobre la nuca. Así que sumando este dato al plano general del señor, que lleva como único atuendo un bañadorcito Speedo que le tapa la chotera, la cosa se pone ya incómoda de mirar.

Se podría pensar que, si va así vestido, es porque es un profesional del crol, la braza o el estilo mariposa... ¡Pues no! Porque él no va a la piscina de nadar, no hombre, él va a la de flotar y a la de ponerse bajo los chorros, no se vaya a escoñar y pierda un milímetro de grasa corporal, vaya a ser que pase frío luego cuando venga el invierno...
Así que después de garbancear un rato y sin hacer nada más que mirar a los que hacemos ejercicio, considera que ya ha tenido bastante agua y sale de la piscina, con un andar más raro que antes si cabe, dando pasitos cortos y medio de puntillas, a lo gato Silvestre.
Y como a él le trae al pairo lo que vemos el resto del mundo desde fuera, vuelve a hacer el recorrido de vuelta del punto B al punto A por el medio de sala de fitness, paseo torero volumen II, siiiiii señor: luciendo cuerpo flamenco, con el gorro toldero aún puesto y secándose la barbilla con su toallita XS, que es lo único que esos escasos 20cm de tela pueden hacer por él.

Y yo pedaleo para olvidar.

lunes, 10 de octubre de 2011

La mala educación

Continuamente oigo frases y expresiones vacías que me sacan de mis casillas por absurdas, manidas, ñoñas y sin significado. Me refiero a fórmulas como, por ejemplo, la de los ''dos tipos'': ''hay dos clases de persona , los que pasan la vida soñando y los que dan vida a sus sueños'' o ''hay dos tipos de persona, los que dejan huella en la vida y los que no''. ¿Soy yo, o aquí huele a boñiga de Power Point? Ecs!
Sin embargo, y al margen de lo irritante del tema, me he dado cuenta que para muchas cosas sí hay dos tipos de persona, y acostumbran a ser siempre grupos opuestos y excluyentes. Por ejemplo, están los que se despiertan con un hambre atroz y aquellos a quienes ''no les entra nada en el estómago''; o en el ámbito económico, hay quienes pagan con naturalidad y elegancia cuando traen la cuenta, y hay a quien siempre se le atasca la pasta en el bolsillo o el billetero en el bolso. También existen dos categorías en cuanto a vida social se refiere: en un lado están aquellos que cuando tienen pareja desarrollan un transtorno obsesivo y pierden el mundo (y su entorno) de vista, y en el lado opuesto están aquellos que son capaces de mantener novio/a y amigos al mismo tiempo.
Pensando en esto de los dos tipos y a raíz de una ''cita'' que tuve la semana pasada, me he dado cuenta que también hay dos categorías en cuanto a conversación se refiere. En un lado, estamos aquellas personas que nos interesamos por el otro, tenemos conversación y manejamos el acto social en sí (en este caso, tomar algo) con buena energía y predisposición. Y en el otro lado, diametralmente opuesto y profundamente enervante, están aquellos que se apalancan en la habilidad de los anteriores, que no le ponen ni intención ni gracia, y que cargan al otro con todo el peso de la conversación. Y eso, a mí particularmente, me toca mucho el carrillón.
A mi modo de ver, la mala educación es algo que va mucho más allá de gestos como comer con la boca abierta, insultar a alguien groseramente o tirarse un pedo en la mesa, porque todos estos actos desafortunados, de tan flagrantes, son fácilmente identificables. ¿Pero qué pasa con esos otros detalles que están presentes a diario y en los que nadie repara? Pues ya les contesto yo: pasa que no se delatan, que se van perpetuando, que se van aguantando sin más y que se disculpan tras palabras como timidez o sosura cuando, en realidad, es pura mala educación.

''Bueno, ¿ y qué? No se.. cuéntame algo''. Esta es la variante más descarada de este tipo de mala educación, integrado por aquellas personas que tienen los santos cojones de decirte abiertamente ''entretenme''. Ante semejante muestra de descaro y desfachatez, a mi sólo se me ocurre una respuesta posible: contar y relatar, con todo lujo de detalles, la salida triunfal que va a acontecer tras esas palabras: ''pues mira, con la mano derecha agarro mi bolso, que yacía imperturbable en el respaldo de esta silla, que ya no aguantará más el peso de mi culo, que será lo último que veas de mi persona tal y como cruce la puerta, que es lo que me dispongo a hacer ahora mismo vista tu desfachatez y estos huevazos que tienes de no sacar, ni por decoro, un tema de conversación. Yo añadiría un buen guantazo al final pero, como probablemente más de uno pediría una explicación tras el ostión, me ahorraré el gesto sólo por no darle el gusto de mi conversación. Anda, rima y todo.

''------------------- ''(silencio y mirada al vacío) es una actitud también muy socorrida y empleada, principalmente, por aquellos que piensan lo mismo que el grupo anterior pero no tienen pelotas para pedirte el espectáculo a la cara. A mí, personalmente, me caen peor porque además de ser la peor compañía y unos auténticos maleducados vienen con el bonus extra de ser cobardes, cosa que les hace tremendamente detestables. A los de esta calaña se les distingue por estar sentados ante un compañero solidario que va sacando temas de conversación de debajo de las piedras hasta la extenuación, mientras ellos se limitan a mirar a ese pobre como las vacas miran el tren, sin expresión ni intención de colaborar. Y lo peor de todo es que no sólo no aportan nada al encuentro, sino que ni siquiera se molestan en darle cancha a los temas del otro, por lo que la ''conversación'' muere cada pocos segundos. Ahora que tengo claramente identificado que esto es mala educación y que ya no lo confundo con timideces ni me siento responsable de arreglarlo por cortesía, he decidido dejar de aguantar losas y hacer lo que debería haber hecho hace tiempo: levantarme parsiomonosamente con el mismo silencio impertinente que usa el otro y largarme, lenta muda y afectada, a lo Bette Davis.

''Oh, es que no se me ocurre nada que decir''  es uno de los argumentos que estos invitados de piedra (que consideran que respirar cerca tuyo es sinónimo de hacerte compañía) esgrimen para defender su falta de consideración. Como no es bonito criticar sin ofrecer soluciones, a esta gente les propongo que, si no se les ocurre nada, en lugar de quedar con personas queden con sus amigos los mapaches (con quienes comparten el mismo nivel de diálogo). Si tienes una limitación cerebral tan pronunciada que te hace incapaz de conversar con normalidad con una persona, opta por quedar con animales que, con un azucarillo que les des, te garantizan su compañía durante un rato largo.

¿Qué ha sido de las mal llamadas ''conversaciones de ascensor'' de las que tanto se ha reído todo el mundo pero que tantos minutos del entresuelo al séptimo han salvado? ¿De verdad que ni siquiera se les ocurre decir algo así como ''hay que ver como ha cambiado el tiempo''? Pues se ve que no, y es porque no tienen ningún tipo de interés en ser considerado con el otro, por lo que me pregunto ¿para qué me mato yo entonces en serlo con estos ceporros?
Dado que, hasta la fecha, el método de la cortesía y de la educación no me ha dado buenos resultados he decidido emprender una cruzada contra la mala educación, y para ello voy a emplear una táctica la mar de sencilla de origen francés que se lleva a cabo con un único gesto: largarse sin más. Au revoir!

jueves, 22 de septiembre de 2011

La felicidad a-a-a-a

Hoy me he encontrado cinco euros en el bolsillo de un pantalón. Me lo puse hace unas semanas, lo colgué y, hoy que lo he vuelto a recuperar, he encontrado ese billetito justo al meter la mano en el bolsillo para dejarlo liso por dentro y que no hiciera arruga. Tacháaaaaaaaaan, ¡momento glorioso! ¡fortuna inesperada! ¡ola de ilusión! ¿Ilusión? Visto con objetividad, es realmente absurdo que me haga ilusión encontrarme mi propio dinero en un pantalón. Para empezar son solo cinco euros, con lo cual he pensado: guárdate la ilusión para cuando te encuentres doscientos billetacos de 500 pavos como mínimo. Pero es que además es mi propio dinero, cosa que significa que tengo lo mismo que ayer al acostarme porque mi cuenta no ha sufrido variación alguna. Mi sorpresa, y motivo de mi reflexión, viene cuando me doy cuenta que soy cinco euros igual de pobre que antes de meter la mano en el bolsillo, pero tengo una cantidad de ilusión cinco veces mayor que antes de hacer ese gesto.
No tengo muy claro que ''ilusión'' sea la palabra exacta para definir esa sensación. Creo que, para ser rigurosos, sería mucho más acertado llamarlos ''momentos gloriosos'' porque técnicamente es lo que son: momentos (duran realmente poco) y gloriosos, porque durante unos instantes tocas el cielo con la punta de los dedos (hasta que te das cuenta que tampoco era para hacerle un piromusical al asunto). Sea como sea, hay dos cosas que son innegables: son un subidón de felicidad en tiempo real y, por veces que se repitan, el placer es máximo.

Un momento glorioso (que a mi particularmente me sucede a menudo debido a mi elevado grado de despiste con el calendario) es cuando me levanto un jueves para ir a trabajar, CONVENCIDA de que es viernes. Dios mio, cuánta felicidad y que sensación de poder le entra a una sólo de pensar en el ''¡atomarporculo!'' que entonará mentalmente tal y como salga por la puerta sabiendo que tiene dos días por delante. Pero no. Ni se acaba ahí la semana ni vas a mandar a tu jefe a la mierda imaginariamente, porque es jueves y te has dado cuenta o bien antes de llegar a la oficina (en el mejor de los casos y para evitar ridículos) o una vez allí gracias al calendario de la mesa (instante en que oyes cómo tus propios órganos va estallando de lo mal que se encaja ese dato). ¿Momento? Sí. ¿Glorioso? Un rato lo fue. ¿Ilusión? Como sinónimo de espejismo, sí. Pero el ratito valió la pena.
Lo mismo pasa al revés, ojo, cuando te levantas pensando que es jueves y ¡sorpresa, ya es viernes! Este glory minute dura más, sí, porque sientes que la vida te ha perdonado un día de trabajo y, creyendo tener a la Fortuna de tu parte, te vienes arriba y vives ese regalo como algo grande, como si el fin de semana fuese a durar tanto como una boda gitana. Pero tras esta euforia absurda (también conocida como ilusión) generalmente viene la colleja de realidad al recordar que no tienes plan, no hará buen tiempo y te toca plancha. Ay, qué efímera es la alegría, tu, pero qué segundos.

Con el despertador también he tenido momentos de falsa-ilusión absolutamente orgásmicos. Esto es típico de los sábados, cuando suena la alarma a las 7,45h (porque el día anterior olvidaste desprogramarlo) y te despiertas de golpe, presa del pánico, abriendo mucho los ojos y apretando el cerebro para seguir la ruta archivo/abrir/qué día es hoy. Es curioso porque cuando ese chisme infernal suena entre semana, me jode, sí, pero no me da terror. Ahora bien, si el despertador suena un sábado, se me sale el corazón por la boca y me quedo durante unos segundos desorientada y atemorizada pero, cuidado, estirada e inmóvil, con lo que concluyo: mi cuerpo es más listo que mi cerebro. La cosa es que una vez pasa esta fase y eres medio consciente de que es festivo y no trabajas, hay unos instantes (unos diez segundos tirando largo) en los que el mundo se para y solo existe tu manta, tu gustera y Dios, que te saluda con la mano mientras te susurra dulcemente una cifra: la del porrón de horas que te quedan por delante. Es un momento glorioso de placidez inexplicable que culmina con la secuencia darse la vuelta, acurrucarse y volverse a sobar con esa medio sonrisa en la cara que tienen siempre todos los Budas. Máxima felicidad.
Con esto me he dado cuenta hoy que, a parte de acertar en la Euromillones, las vacaciones, una fiesta sorpresa, un aumento de sueldo etc., hay muchas otras cosas que, casi a diario, me producen petardazo de gloria. Me ilusiono cuando inesperadamente me informan que el artículo que he comprado está rebajado dos céntimos; o al descubrir que alguien tiene alguna manía tan rara como la mía (estos son los momentos ''¡hala yo también!); me ilusiona encontrarme a alguien que conozco en el coche de al lado y saludarlo tocando el claxon a lo loco y gesticulando mucho; o abrir una bolsa de patatas y que lleve premio, cromo o mierdi pegatina; me parece mágico ese instante en que pruebas algo que has cocinado y, sorprendentemente, está bueno como nunca imaginaste; o que me den recuerdos de parte de otro alguien que, por lo visto, se acuerda de mí.
Así que haciendo recuento, y se llame como se llame esa sensación, hoy puedo concluir que sí, que de ilusión también se vive.

lunes, 12 de septiembre de 2011

De generación en generación

Últimamente en mis zappings me cruzo cada dos por tres con la reposición que está haciendo un canal de televisión de Sexo en Nueva York, una serie que en su momento me encantó y que tiene el mérito de haber sido la primera en tratar el sexo de las mujeres, sin tapujos y con mucho detalle. Ahora que la vuelvo a ver, a toro pasado y con más perspectiva, debo decir que me parece un auténtico bodrio a excepción de una de sus protagonistas: Samantha. Para quienes no sepan nada, la serie retrata la vida de cuatro amigas residentes en NY: Charlotte, mojigata, pava, anticuada y profundamente acomplejada; Carrie, neurótica y desquiciada, ridícula, más mojigata aún que la anterior- aunque disfrazada de modernidad- y con un sentido de la moda completamente incoherente; Miranda, ácida, rara, fuerte y el segundo mejor personaje; y Samantha, libre. Sin más. Ella hace lo que le parece, practica sexo con quien quiere y, pese a las críticas y a los prejuicios a los que se ve sometida, defiende a muerte su libertad para hacer y ser lo que quiera, sin culpabilidades. Evidentemente es una serie de ficción, porque todo el mundo sabe que ni se puede andar por ninguna ciudad, por bien asfaltada que esté, con semejantes tacones y modelos, ni se puede tener sexo sin culpa si eres mujer. Sorpresa, de liberación nada.

Por lamentable y prehistórico que parezca a las mujeres nos educan desde tiempos remotos de otra manera, bajo la censura, los prejuicios, el servilismo, los complejos, la competitividad, el auto castigo y, sobretodo, con la culpa como testigo de todo. La culpa que una debe sentir si es libre y quiere ejercer ese derecho, la culpa que una debe tener si practica sexo con alguien sólo porque le apetece. La culpa y la suciedad que una debe sentir si actúa como lo han hecho los hombres desde que se respira oxígeno en este planeta: con libertad.
En temas de sexo a mi me enseñaron que, pese a que podía hacer lo que quisiera, siempre era mejor ser muy selectiva, que fuese con alguien especial y con amor, porque luego, si no, podía arrepentirme. ¿De qué? De ser libre, claro.
Pese a que la amenaza del arrepentimiento sobrevolaba por encima de mi cabeza, en cuestión de sexo he hecho siempre lo que me ha dado la gana. He tenido tantos ligues rollos y amantes como he querido, he practicado sexo por diversión sin pretender más ni querer noticia o llamada de mi partenaire al día siguiente. He experimentado sensaciones y emociones tanto como me ha apetecido y he crecido sexualmente a mi manera, con amor y sin, con gente especial o gente que era simplemente un cuerpo, por diversión o por amor, por cariño o por puro morbo. Y con absoluta impunidad casi siempre. Porque esta declaración de vida no estaría completa si no mencionase un episodio de culpa que tuve también en su momento, una culpa de mierda, machista y judeocristiana. Una culpa que me enseñaron a tener si me pasaba de esa línea de rotring que separa lo decente de lo que en una mujer está feo. Se manifestó un día en forma de sensación sutil, como uno de esos malestares que te hacen estar intranquila pero no sabes por qué, uno de esos nudos en el estómago que que te hacen pensar que hay algo que está mal o que no has hecho bien. Era algo borroso y muy indefinido hasta que, de pronto y con una nitidez de Nikon, vi que me sentía culpable (yo) por haberme acostado con un tío que resultó ser un auténtico mierda después. Tiene cojones que, siendo él la escoria, la culpa la sintiese yo. Tras superar la sorpresa por lo paradójico del tema, pensé: ¿por qué en lugar de cabreo, de indignación o de sencillamente nada, estoy sintiendo culpa? Porque me enseñaron que eso existía y que es lo que toca si eres tan libre. Porque me dijeron ''vigila que puedes sentirte sucia'' en lugar de enseñarme a no permitir que me sintiera mal por vivir lo mío. Me enseñaron a hacer lo que quisiera pero con discreción, sin parecer ''demasiado'', dando así la razón a todos aquellos que piensan que en público, el sexo de una mujer tiene que ser limitado. La culpa no es biológica, no viene en el paquete de ser mujer ni en las células femeninas. La culpa te la comes a cucharadas desde pequeña.
Y ahí, alucinando con lo cruel del tema y con el ajo en el que yo (¡tan liberada como me creía!) también estaba metida,  vi claramente que la culpa no es mía, que yo no tengo que arrepentirme de nada. Y así como de los errores se aprende, me llevé una gran lección que tengo muy aprendida: si vuelvo a tener sexo con alguien que luego resulta ser un absoluto desgraciado, en lugar de poner en duda mi decencia y flagelarme por no ser vidente para haberlo visto venir, me limitaré a perdonarme esa mala elección con la misma rapidez con que me perdono haber alquilado un DVD en el Cinebank que luego ha resultado ser una bazofia. Yo no he dirigido esa película, así que la culpa aquí no tiene lugar.

De lo que sí me arrepiento, de verdad que sí, es de no haber dado un par de hostias cada vez que he oído que se juzgaba a una mujer por tener sexo con quien quiere y decirlo abiertamente; o de no haber dado un golpe más fuerte en la mesa cuando he oído cosas como ''vaya guarra'' o ''menuda zorra''; si me arrepiento de algo, es de no haber escupido en la cara a aquellos que utilizan como insulto una libertad ajena y a quienes convierten el sexo y el placer físico femenino en algo vulgar, en una condena al zorrismo y en algo de lo que una mujer no se puede nunca jactar; si me lamento de algo es de no haber defendido con más fuerza mi libertad para ser como quiera, entre dentro de lo esperado o no.
Las mujeres no debemos ser más ni selectivas ni más románticas ni más cuidadosas si no queremos; no tenemos por qué ser más discretas en cuanto a nada ni tenemos por qué tener una vara mucho mas rígida para medirnos; no estamos genéticamente programadas para tener poco sexo y con pocos amantes, ni deberíamos concebir siquiera la posibilidad de ''sentirnos mal'' por haber sido libres y haber probado un número x de parejas. Y por supuesto no deberíamos sentirnos sucias jamás, porque practicando el sexo hay dos, oiga, y pretender que yo sienta culpa por follar con alguien implica otorgar a ese alguien un grado de autoridad por encima de mí y el derecho a juzgarme por algo que estamos haciendo los dos. Y que yo sepa, no le debo nada a nadie, ni siquiera a mí misma.
No me arrepiento de nada porque la culpa me la contagiaron. A mí por naturaleza no me nace. Y ojalá que en el diccionario de las generaciones futuras, ''guarra'' signifique únicamente ''hembra del cerdo'', porque eso querrá decir que la culpa dejó de transmitirse de generación en generación y que ya no existe insulto por ser mujer y sexualmente libre.

jueves, 8 de septiembre de 2011

El idioma peluquero y otras lenguas desconocidas

Aún no he descubierto las palabras mágicas que hagan que las peluqueras entiendan y hagan lo que yo les digo y no lo que les pasa por la chotera. Ir a la peluquería es, la mayoría de las veces, una gestión inquietante. Porque tu sabes que vas con una melena esteparia y salvaje que da miedo, sí, pero sabes también con la misma certeza que cuando hayas salido no estarás mucho mejor.
La cosa empieza mal ya desde el momento que entras y te dicen: ''hola, ¿qué te vas a hacer?''. Mala pregunta, amiga, porque supone ya de entrada una mentira. ¿Qué te vas a hacer? Qué me vas a hacer tú, flori, porque por mucho que yo te pida que me cortes un poquito las puntas harás lo que te pase por el níspero y me dejarás, tirando bajo, unos tres meses ridícula y sin fotos. Qué te vas a hacer dice... qué guasa le echan, encima. ¡Rigor nena, rigor! Igual soy yo que no me explico bien, pido rarezas, las despisto y es por eso que no me entienden. Pero por más vueltas que le doy a esta teoría no me acaba de cuadrar, porque a mí el castellano siempre se me ha dado bien y el de la peluquería es el único gremio con el que no me entiendo. Yo voy a la panadería y pido una de cuarto, y me dan eso, una de cuarto. En el bar, si pido un cortado no me ponen nunca un sol y sombra. Me ponen un cortado, coño. ¿Por qué si digo ''córtame las puntas'' me rapan a lo Papá Comandante? ¿Es que tendría que haber especificado que las puntas que quiero cortas son las de abajo y no las de la raíz, quizás? Tate, que igual es eso.

¿Por que hay peluqueras que me quieren mal sin conocerme, así de entrada? No me ha dado tiempo ni de decir buenos días que ya me odian a morir. Digo yo que me odia si tiene los huevos de dejarme como me deja cuando salgo por la puerta, con una forma de cabeza indescriptible y con el teléfono en la mano para llamar a mi madre y explicarle el complot que han urdido las del gremio de las tijeras y los rulos. Porque esto es un complot, estoy convencida que de accidental no tiene nada.
Ya para empezar hay algunas peluqueras que, de tan limpias que son, entienden que lavar implica limpiar hasta debajo del cuero cabelludo si hace falta. Por eso algunas te lavan con las garras y te hacen saltar lagrimones como puños del viaje que te están dando a cada pasada ras ras ras a lo loco. Levantar la alfombra para limpiar debajo está bien reina pero, si no te importa, la piel me la dejas.
Luego te pasan al trono de lluvia de estrellas, ese en el que te sientas con el pelo reguleras y del que te levantas con una imagen lamentable, ridícula y, casi siempre, pareciéndote a alguien. Ese alguien no es nunca una celebrity guapa y cool, no te preocupes que ellas ya se lo encargarán de que acabes con un look tipo Leonardo Dantés, Lionel Richie o Fox Terrier, eso ya depende de la gracia de la peluquera y de si has pedido puntas, un moldeado suave o que te arreglen el corte un poco. Podría haber elegido dejarme como a Sharon Stone o hacerme un corte estilo Natalie Portman.. pero no, a la hijaputa le hacía más gracia darme un aire a Maruja Torres... La madre que la parió.

Tras varias experiencias desagradables, he descubierto que hay tres tipos de personalidades distintas con maneras diversas de llegar al mismo punto que no es otro que joderte la imagen.
Por un lado están las que, pese a estar en el 2011, siguen cortando el pelo como en el 70 y te dejan invariablemente antigua. Lleves el pelo que lleves al entrar y pidas lo que pidas, ellas han decidido mucho antes que te van a dejar antigua de cojones, con una medida de pardilla y a punto para entrar a rodar La tribu de los Brady. Cuanta maldad tienes en el cuerpo, Loli.
Luego están las que, en pro de un look desenfadado y natural, se empeñan en que salgas de la pelu como si te acabasen de pasar por encima dos tornados y un tifón, despeinada,  magullada y con el pelo dividido de tal manera que cada parte señala a un punto cardinal distinto. Así casual, que no parezca de peluquería... No claro, mejor parezca esquizofrenia, sí.
Y en el tercer grupo están las que juegan en el equipo rival de las anteriores, las de la fijación extrema cuya obsesión es que salgas de su salón de belleza (belleza...¡ja!) como una figurita de Lladró, con el pelo fijo fijado y laqueado. ¿Y con qué lo consiguen? Pues con un arsenal de laca, gomina, gel fijador, sérum, ceras y demás hostias que le dan a tu pelo limpio menos de media hora de vida. Cuanto me debes querer Flori, que me has hecho un casco de pelo natural por si me caigo por la calle.

Independientemente de la tendencia que tengan, todas las peluqueras comparten el mismo rasgo: el del reto. Tu melena es un desafío y pondrán siempre todo su empeño en dejarte el pelo como tu nunca podrás tenerlo porque tu genética es la que es. ¿Lo tienes liso como una tabla y sin volumen? Pues ella se picará y creerá que si no tienes rizos es porque aún no te habías topado con ella. ¿Y qué conlleva eso? Que se pase horas librando una batalla perdida entre tu pelo y sus herramientas que acabará indefectiblemente con el mismo final: la melena al carajo, dolor de cervicales y unas ganas irrefrenables de partirle la cara a ella y al resto de estilistas. Y yo me pregunto: si yo he asumido que mi pelo es así y ya está, ¿por qué cojones no puedes hacer tú lo mismo? ¿Por qué no adaptas el corte a mis características en lugar de pretender que mis genes muten? Pues no. Por eso por mucho que explico que tengo el pelo rizado y mucho volumen ellas se empeñan en dejarme una medida ridícula que hace que hoy, 24h después de pasar por la pelu, lleve un look Reina Sofía que dan ganas de hincarse de rodillas a llorar. Ah sí, el pelo crece... pues necesitaré 5 meses de encierro domiciliario para que recupere una largada digna y que la gente deje de hacer genuflexiones y tratarme de vos cuando me ve por la calle. Qué bochorno...
¿Dónde estará la piedra Rosetta que nos dé las claves para entender el idioma que manejan en este sector?

miércoles, 31 de agosto de 2011

Cuanta gente rara

¡Ay que nervios, madre mía! Empieza ya la temporada de fascículos y coleccionables y no sé yo si me va a dar tiempo a hacer sitio en casa para meter los Dedales del mundo, los Abanicos de diseñador, los Relojes de coleccionista (de oro y plata, sí), los DVD de El pájaro espino, las Monedas históricas, las Pipas de colección y demás mierdas que no pueden faltar nunca en cualquier bloque de anuncios de finales de agosto para adelante. ¿Cómo es posible que no se les sequen nunca las ideas a estos visionarios del mercado? Qué valor. Y qué recuerdos...

Hace años trabajé de teleoperadora en una plataforma donde, después de pasar por varias campañas de telefonía, de lentillas, pinturas, encuestas y otras perlas gloriosas, llegué a RBA, la joya de la plataforma y el departamento más marciano y descojonante en que podía uno acabar. Qué grandes tardes habíamos pasado ahí, ay si...
Mi trabajo consistía en atender llamadas de personas que querían suscribirse a algún coleccionable (cosa que ya implica un nivel de rareza personal considerable), dar información sobre las distintas colecciones que se ofertaban (que nunca vimos ni tuvimos físicamente en la oficina) y derivar llamadas de usuarios que querían efectuar algún cambio, queja o reclamación. El departamento de Reclamaciones se encontraba justo en el pasillo que quedaba delante mío y se encargaba de gestionar (aún no sé cómo) todas aquellas llamadas tan... singulares que yo, gracias a Dios, no podía resolver. Al entorno bizarro de por sí que era RBA y sus colecciones hay que sumarle el magnetismo insólito que tenía servidora (y que aún conservo) para atraer las llamadas de los seres más raros, perturbadores e inquietantes del mundo, y que me llevó a mantener conversaciones del tipo:

- RBA buenas tardes, le atiende Jackie, en qué puedo ayudarle.
- ¿Nena? ¿Nena es a mí? (había llamado ella, pero lo mismo atendía una multiconferencia y por eso no   tenía claro que éramos interlocutoras la una de la otra)
- Sí señora, dígame, en qué puedo ayudarla.
- Mira, a ver, que es que resulta que me he apuntado a la colección esta de las muñecas del mundo, ¿sabes? Estas de países que vienen con su trajecito y todo, sabes ¿no? Total, que me ha llegado la muñeca de este mes, que toca Rusia, y acabo de ver que la mía es calva por debajo del gorrito.
- Perdón, ¿cómo dice?
- ¿Ves? ¿¡A que es raro!? ¡Pues si nena, sí, calva, como lo oyes! No tiene nada de nada, pero solo debajo del gorro ¿eh? Que por el resto de la cabeza sí le sale, pero claro tengo que tenerla siempre con el gorro puesto porque si no ya me dirás tú lo fea que se va a ver, y claro, no me parece bien.
- Aha (ojiplática), de acuerdo, pues espere un momento que le paso con el departamento correspondiente  (cuyos miembros se van a orinar encima tal y como les acabe de contar su problema) a ver si la pueden ayudar.
- Ay si, a ver si me dan otra con pelo, oyes. Gracias nena.

Dos kleenex y unos cuantos lagrimones de risa más tarde algún compañero de reclamaciones atendía la llamada con paciencia infinita, mientras mi jefa me miraba entre asustada por lo irracional de mis diálogos y apenada por lo que me tocaba aguantar siempre a mí.
Esa colección de las muñecas de marras resultó ser un exitazo tal que tuvo incluso lista de espera para suscribirse pero, por lo visto, a parte de faltarles pelo, algunas muñecas venían sin bragas, cosa que causó más de una llamada de indignación y más de un descojone comunitario. De surrealismo íbamos bien, sí.

Además de coleccionables, RBA también editaba revistas de distintos tipos entre las que figuraba Playboy. Normalmente jamás se recibían llamadas preguntando por esa revista porque se comentaba que, por lo general, los clientes eran personas muy discretas que incluso se suscribían por internet para evitar el apuro. Apuro: término que no conocía el descerebrado que llamó (y que obviamente me tocó a mí) para decirnos que hiciéramos el favor de decirle al cartero que metiese bien para adentro la Playboy en el buzón porque siempre la dejaba medio fuera y un vecino, que él sabía quien era pero que no tenía pruebas, se la robaba cada mes y estaba hasta los mismísimos de pagar la revista para no disfrutarla. (breve silencio) (ojiplatismo) (…) (otro silencio). Bien, caballero... pues a ver déjeme ver un momento a ver si lo tengo por aquí... Aha, aquí está, mire, tome nota del nombre de la empleada de correos que reparte en su distrito y la llama usted mismo. ¿Tiene usted boli?¿Si? Bien, apunte su nombre, sí mire: Paca Garse. ¡Que está llamando usted a RBA, por amor de Dios! ¿Se cree que tenemos el poder de Greyskull y controlamos toda la ruta de reparto, carteros, telefonillos y buzones incluídos? ¿Acaso cree que tengo delante una pantalla de radar en la que me aparecen los carteros y carteras de España que llevan una Playboy en la bolsa lista para ser entregada? Soy teleoperadora, cebollo, no controladora aérea. Póngase un buzón más grande o use usted su imaginación para hacerse pajas, y ya verá cuánta pasta se ahorra entre suscripciones y llamadas al 902.

Para acabar de adornar este árbol de frikis, también recibíamos consultas-disparate: esas que nos hacían algunos usuarios que imaginaban que teníamos memorizada toda la información que salía en todos los fascículos y los números de todas las revistas que vendíamos y, por eso, llamaban para preguntarnos estupideces. El hit que recuerdo con más claridad, porque hizo que mi jefa tuviese que apretar las piernas para no mearse, fue el de la señora que llamó (¿y que tocó a quien? a mí) porque en una peluquería había encontrado un ejemplar de la revista Integral o Cuerpo y Mente (no estaba segura) donde leyó un artículo sobre el mejor día del ciclo lunar para cortarse las pestañas y que crecieran más fuertes, que a ver si se lo podía mirar para decirle yo (¡yo!) cuando le tocaba... Hubiese sido más práctico que, con el dinero que le iba a costar la llamada, se hubiese comprado un rotulador permanente y se hubiese pintado rayas en los párpados, sinceramente. Con el tiempo a veces me he preguntado: si le hubiese dicho ''¡¡es ahora, es ahora, córtese las pestañas,rápido!! ¿me habría hecho caso? Fue tal mi estupor ante lo estrafalario de la pregunta que no tuve suficientes reflejos para ver el filón que tenía delante... Otra más rápida y más hijaputa, se aprovecha y la deja pelona. Lástima.

Recuerdo que ese año también hubo una colección llamada ''Guerreros y caballeros'', coleccionada por nerds y re-frikis (con ese título, qué quieres...) que en el 90% de los casos llamaban para plantearnos una gran duda:

- RBA buenas tardes, le atiende Jackie, en qué puedo ayudarle.
- ¿Hola? Si mira, es que he visto que habéis sacado la colección esta nueva de Guerreros y Caballeros, ¿no?
- Sí, efectivamente.
- Vale, mira, te cuento, es que yo ya me hice la de Carros de Combate I, Carros de Combate II, Armaduras Históricas, Soldados de la I Guerra Mundial, Grandes Guerreros de la Historia y Batallas del mundo, y me gustaría hacerme esta también pero depende de cuántas piezas tenga no se si me cabe...
- Pues mire, tiene concretamente 47 piezas de momento, pero estoy segura que si tira usted un par de tabiques, quema el sofá y la cama y aprende a dormir de pie en alguna esquinita de su casa, podrá meter a los putos guerreros y caballeros que, a juzgar por su nivel de obsesión serán la única compañía que tendrá en su miserable vida porque ningún ser humano querrá vivir con usted nunca. Gracias por llamar a RBA y haga el favor de buscar ayuda. 

¿Dónde van algunos acumulando tanta mierda en casa? ¿Como no va a haber Síndrome de Diógenes con tanto afán por coleccionar mandúrrias que tiene la gente? Señores de Altaya, Salvat, Planeta de Agostini RBA y demás: ¿para cuándo la colección ''Fabrica tu propio contenedor'' o ''Cubos de basura útiles'' para que metas todos tus cacharritos y hagas sitio en casa? Se iban a forrar.

martes, 23 de agosto de 2011

Dime cómo hablas...

Tengo una costumbre que me entretiene horas y horas y que consiste en preguntarme cosas aparentemente absurdas. No lo puedo evitar. Aunque con la llegada de internet a los móviles mi calidad de vida ha mejorado mucho y puedo solucionar al momento un 60% de las dudas que me asaltan, San Google aún no tiene respuesta para todas ellas.
Me pregunto, por ejemplo, dudas como ¿en qué momento las balas de paja del campo pasaron a ser redondas en lugar de cuadradas? ¿Lo decidió un señor? ¿hay una moda al respecto? ¿es por qué son más fáciles de almacenar con esa forma? ¿alguien más se ha fijado? Y así como ésta sería una incógnita relativamente fácil de despejar, por más que lo intento no encuentro respuesta a mi duda de hoy: ¿en qué momento nos volvimos tan cabrones hablando?
Hoy me he parado a pensar en lo curioso del lenguaje y en que, sorpendente y lamentablemente, algunos adjetivos se han convertido en algo más que simples palabras para describir algo. Me preguntaba cuando se decidió que una palabra, un adjetivo, tuviese una connotación sexista, por ejemplo. Pongamos por caso la palabra ''golfo'' que a parte de ser un accidente geográfico se dice de alguien que es ''pillo o sinvergüenza'' (según la R.A.E, si, cada uno con sus obsesiones). En el caso masculino es un calificativo que, al decirse, contiene siempre un matiz que lo relaciona con algo travieso e incluso gracioso. ''Es más golfo... ay si...qué tío''. Pasadlo a femenino y verás tu qué gracia. En este instante es cuando yo me pregunto ¿en qué momento algún imbécil decidió que, al decirse en femenino, la persona designada como ''golfa'' saliera perdiendo tanto? ¿por qué una golfa no es también traviesa y pillina y se convierte automáticamente en sinónimo de ''prostituta''? Lo peor del caso es que esta connotación peyorativa en su versión femenina no es sólo cuestión de uso social del término, sino que, para más cojones, está aceptada así en la R.A.E. Según estos señores con butacas señaladas con letras (no deben ser muy listos si necesitan que les marquen la silla para encontrar su sitio en sus reuniones) golfo, en femenino, significa prostituta, pero en masculino no significa prostituto. ¿Por qué? Aparte de andar jodiendo al personal cambiando la ce hache por che y la y griega por ye, ¿piensan hacer algo respecto al sexismo? Es injusto, y me toca mucho el ciruelo que siempre se trate mal a la misma parte.
Mi cabreo sobre el lenguaje y su mal uso va in crescendo cuando pienso en otras injusticias que se cometen a diario, en este caso con el tono que se les pone a algunas palabras. Ahora me refiero a los adjetivos gordo y delgado, que van siempre teñidos de crueldad y compasión respectivamente. No se comenta con el mismo tono el engorde de una persona que el adelgace de la misma. El primer caso se plantea siempre con mala folla y desprecio o burla: ''¡haalaaaa, cómo se ha puesto... como un ceporro!'' ''¡Uuuuuhhh madre mía, qué de quilos que se ha echado encima...!'' o ''No veas el tonel, es más fácil saltarlo que rodearlo''. Lo contrario pasa con la delgadez, que se comenta siempre con el tono contrario, más próximo a la delicadeza y a la compasión: ''ay mira como se ha quedado de delgada, angelito'' o ''Uy, se ha quedado en los huesecicos, el pobre...''. Esto es así en un 90% de los casos. Se compadece al delgado cuando, por otro lado, se hace apología de las dietas, la delgadez y las tallas pequeñas a cada segundo y en cualquier medio; y se raja al gordo sin tener en cuenta que, si hacemos caso a esta manía por adelagazar, se les tendría que tener el mismo respeto y consideración. A no ser que la gordura sea extrema, como la obesidad mórbida por ejemplo, la compasión en la gordura nunca aflora porque si estás gordo es por dejadez y por guarro. Todas aquellas personas a quien se les desajusta la tiroides, que tienen una constitución concreta o, simplemente, aquellas personas a quienes les encanta comer y se permiten el capricho de hacerlo sin más, dejan automáticamente de tener derecho al buen trato. ¿En qué momento se decidió que estar gordo o engordar era sinónimo de ''a por él''? Si según los valores con que se nos machaca, si delgadez=éxito, ¿por qué no tratar con más tacto al grueso en lugar de lincharlo? Esto no está bien.
Me sulfuro y me preocupa lo peligroso de la cuestión, porque el lenguaje es un claro indicador del pensamiento y es el vehículo a través del cual se fija y se transmite, por lo que estas expresiones tan asumidas y tan corrientes son un reflejo nítido de lo mezquinos que nos hemos vuelto. Si hablamos y pensamos automáticamente con esta crueldad no es de extrañar que, a no ser que sea una aberración aprobada por todos como tal, no nos alarmemos como deberíamos con la cantidad de carga extra que añadimos al lenguaje porque, de tan sutil y de tan frecuente, ni la vemos. Esto pasa, por ejemplo, con los adjetivos tímido y creído, que no se usan solamente cuando el calificado lo es, sino que van en función del físico de la persona que ostenta el título. Si una persona guapa es tímida y habla poco, ¡ja! está perdida, porque automáticamente será una creída de mierda' a ojos de los demás. ¿Por qué? Porque no se puede ser tímido y guapo, porque si eres guapo y te apabullan un poco los desconocidos, eres un gilipollas creído y estúpido. En cambio, si una persona fea es tímida ¿qué? Pues eso, que es tímida y punto, pobreta, porque creída no puede ser. Y ya está, primera impresión no superada, comprobación omitida y juicio celebrado. Chimpúm.
Y dígame, Sr. Google ¿cuándo fue que nos volvimos tan crueles?