lunes, 4 de mayo de 2015

Confucio no inventó la confusión


Compañera1 me pide que me acerque a su mesa, que quiere enseñarme las fotos de sus días de puente en el País Vasco, donde ha ido, fundamentalmente, a ponerse tibia comiendo en un restaurante exquisito, de esos con estrellas Michelín y un caché que no te lo acabas. Lo que voy a ver en la pantalla, me anuncia, son las fotos de la experiencia gastronómica, que ha sido algo sideral según dice. Me levanto, me siento a su lado y miro una sucesión de imágenes de los veintitantos platos que ha comido y que, si no te cuentan lo que son, dan la impresión de ser cualquier cosa menos comida. Uno de los retratos parece, tal cual, un cuadro de Tápies, con calcetín y hierros en la azotea incluidos. Creo que ha dicho que los hierros son hilos de patata cristalizada, pero no me hagáis mucho caso porque con el asombro no me he quedado bien con el concepto. Me enseña otra foto en la que se ve lo que parecen cinco pequeños zurullitos en línea persiguiendo a un guijarro del parterre de la entrada. Una exquisitez, comenta. Tiernísimo, dice. Tenéis que probarlo, nos recomienda. La siguiente foto es de un plato que podría llamarse "Trois bròts de hierb et alfalfe avec un peu de felpud de bienvenue" o “Aquí había una ensalada, pero se la han comido y te traemos los tres brotes que han quedado, preciosos, eso sí”. Compañeros 2 y 3 se acercan a ver semejante obras de arte (que a juzgar por los 400 pavos que le ha costado el menú es casi lo que son), y da comienzo un debate sobre si se está perdiendo el norte con tanta cocina creativa y tanta espuma de fragancia de arroz a la cubana con serigrafía de banana o qué.
Como yo soy tan patata en la cocina como la que usó el muchacho ese de Masterchef para hacer la cabeza de su león, no puedo aportar mucho a la conversación, así que poco a poco me retiro a una esquina del debate a reflexionar sobre lo confuso que es a veces esto de la gastronomía, y sobre esta afición por hacer de cada plato un jeroglífico nivel experto, con tanto color extraño, tanto muestrario de textura sensitiva y tanta forma imposible para un alimento. Que le sorprendan a uno un poco es molón, no saber si comerte lo que te han traído o ponértelo de clip en el pelo, desorienta bastante. Y te hace sentir un cateto.
El mundo asiático y esa manía suya de poner cositas en los márgenes del plato que uno no sabe si decoran o se comen, es una fuente inagotable de momentos made in Paco Martínez Soria. Sin pensar mucho, puedo citar varios ejemplos con sus nombres y sus apellidos, de personas que en sus primeras experiencias con la cocina japonesa se han comido, de una sentada, lo que a ellas les parecieron dos lonchitas de jamóndeyork, y que no son otra cosa que jengibre encurtido, cuyo sabor describiría algo así como chuparle la cabeza a un niño embadurnado de S3 de Legrain. La cara de peroquemierdaesesta es común a todos los casos. Los aspavientos para quitarse ese sabor a tapón de Nenuco, también. Pero claro, ¿cómo saber, a simple vista, que estas dos presuntas lonchitas rosadas saben a rayos y han salido de un tronco con forma de mojón? Si yo entiendo que quisieran mejorar el aspecto de la raíz, pero ¿era necesario darle la misma forma y color de algo que ya existe? Con la de pantones y texturas que había en la vida, ya es mala leche.
Con el wasabi pasa exactamente lo mismo. Esa bolita como de mazapán verde que ponen en la esquinita del plato es fácilmente confundible con el guacamole. Por lo menos, eso fue lo que pensó el padre de un amigo que, tras su primer contacto con el sushi, el sashimi, los makis y otras delicias, creyó que sería buena idea rematar la cena con un "toque fresco de guacamole” arreándose toda la bolita de wasabi en la boca. Así, sin avisar. Y como no hay rimmel waterproof ni entrenamiento militar para resistir el nivel defcon 2 de un pelotazo de wasabi así, el señor hizo lo único que se puede hacer en esos casos: pagar rápido e irse a casa. Y llorar tranquilo en su habitación. Solo. 

Por si no tuviéramos bastante con la intervención humana, también la naturaleza se encarga de poner las cosas difíciles y confundir al personal. Así, en algún momento de la creación, el encargado de dar forma y color a los alimentos, digo yo que debía de estar ya harto de todo cuando le llegó el turno de decidir como sería el cilantro, y por eso dijo “pues vamos a hacer que sea jodidamente igual al perejil, verás que risa”. Y así es, una risa cuando te lo encuentras en el plato, te confías, lo masticas y au revoir sabores y bienvenidos a una cata de ambientadores. Gracias, cabrón, por no haber tenido ni el detalle de cambiarle ligeramente el color. 

Por eso, al hilo del debate que Compañeros 1 2 y 3 siguen manteniendo, yo me pregunto qué necesidad hay de complicar aún más un mundo ya de por sí complejo, haciendo azucarillos como guijarros de río y postres que parecen restos de un avión de papel estrellado. Siempre he tenido claro que aquella candidata a Miss Boba que, en no sé qué certamen dijo que Confucio inventó la confusión, se equivocaba de llano. La confusión, señores, es evidente que salió de la mano de algún chef.

sábado, 25 de abril de 2015

Ya no hay


Será porque está nublado o porque es sábado y me he levantado un poco más tarde, no sé, pero tengo el día nostálgico de esos de recordar.
Me acuerdo de aquella época en la que beberse un vermut era algo añejo, una tradición de agüelo ranciete, una declaración de intenciones tan elocuente como el Bitter kas de las señoras. Un yo paso de todo que me tomo lo que me da la gana, se lleve o no. Me acuerdo de esa época y sonrío con paz y con pena, porque todo aquello queda lejos y parece difícil de recuperar. No la bebida, sino la capacidad de tomarse algo sin tener que ser un sommelier de todo el espectro de bebidas y líquidos. Ahora no hay vermú sin moderno y foto, no hay gintonic sin recital de ingredientes y simposio sobre la correcta dirección de las burbujas del carajo, no hay cerveza sin estudio geopolítico del origen de la cebada y la malta que la componen. No hay descanso de polladas ni para tomarse algo.

No sé, igual soy yo que me he levantado del revés y que añoro cosas que solo yo he vivido, pero hoy especialmente me acuerdo de aquellos años en los que hacer deporte era solo eso, hacer ejercicio en la variante que más te gustase, y no algo que te convirtiera en un semidiós. Judo martes y jueves, atletismo en el club, fútbol con tu liguilla, voley en el cole o flamenco en la academia del barrio eran actividades cotidianas, lo habitual entre mucha gente. Era algo personal, una actividad que no hacía falta anunciar con fotos a cholón de la equipación que ibas a llevar, ni algo que necesitase de lema motivacional made in Asics. Ahora no hay domingo sin cortes de tránsito en la ciudad por alguna carrera, no hay paseos o caminatas sino trails, trekkings, ultra trails y vias ferratas, no hay actividad física sin elogios a la altura de gestas homéricas. Ya no hay deporte, sino mucho experto en materiales compresivos. Con antigüedad, eso sí, que aquí ha corrido todo el mundo desde mucho antes que empezase la moda. Estarían escondidos en pabellones y decidieron lanzarse a la calle todos de golpe, digo yo. Así sí salen los números.

Seguramente todo sea cosa mía y de esta mañana gris que me hace añorar esos días en que sacar fotos tenía como objetivo capturar recuerdos por si algún día se fundían los plomos de la memoria, y las imágenes de pies y cielos azules eran fotos por accidente que uno se encontraba en la tienda al revelar el carrete, y que siempre eran culpa del niño, lamadrequeloparió, de cuando cogió la cámara el día del cumple de la prima Patri y se hinchó a darle al botón sin encuadrar. Ahora todo es un concepto, encuadres intensos, contrastes con mensaje y mucha casualidad con pre y posproducción. No hay foto sin dolce vita, no hay like que signifique "me mola tu foto" sino "devuélvemelo". Hemos dotado de significado incluso al no like, una manera muy curiosa que usan muchos para castigar con su indiferencia, posicionarse como grandes fotógrafos que solo aprecian el buen arte y no tus mierdas, o para evitar que otro consiga seguidores, la gran obsesión de algunos pobres miserables. Ahora ya no hay fotos, hay escaparate.

Sí, probablemente soy yo, que hoy no estoy fina y veo las cosas deformadas y añoro una tranquilidad y unos valores que ya no se llevan, como la fortaleza. Será por eso que me acuerdo hoy también mucho de cuando sonreír era un acto voluntario y espontáneo y no una mueca obligada por la cultura del be positive my friend, que si no serás alguien negativo de quien alejarse porque no sabe disfrutar de las pequeñas cosas que te regala la vida cada día. -Pausa para vomitar-. Me acuerdo mucho, muchísimo, de esos abuelos que decían la verdad, a palo seco y sin endulzar la cucharada. Abuelos que más que hablar espetaban, y soltaban frases que eran como una buena hostia, sí, pero cargadita de contenido. Serían cascarrabias y probablemente estarían anticuados, pero eran valientes también, tanto como para decir su verdad, alto y claro, y fuertes como para soportar una realidad dura, durísima,  sin la necesidad de inventarse otra ficticia dominada por el yupi-chachi. Ahora no hay conversación sin oda a la vida y a lo chuli que es respirar, no hay cañas sin brindis por la suerte que tenemos de estar vivos, no hay días duros y tristes sino nubes que no te dejan ver el sol pero que estar, está. ¿Soy yo, o reparten costo por ahí y yo no estoy empadronada en el barrio correcto?

No hay duda, soy yo que me he levantado con el día realista, con solo un 2% de paciencia en la batería y con muchas ganas de que me devuelvan las cosas de verdad. Y es que estoy harta de tontadas, de discursos de vida de pechiglás, del adorno a discreción y de que se confunda asepsia con amargura. Estoy cansada de que se conserven tanto las formas y se apueste tan poco por el fondo y, sobre todo, estoy asustada de ver que pasa el tiempo y de honestidad, valentía, humildad y tolerancia a la realidad, ya no hay. Habrá que reponer el stock. ¿O qué?

martes, 22 de abril de 2014

Monstruos S.A.


Resulta que a mis 35 años va y descubro que los monstruos no viven en el armario. Nada que ver con los cuentos para acojonar y dormir a los niños. Nada que ver con la peli de Píxar. Que va. Los monstruos viven a un cuarto de hora en moto. Están cerca, te hablan, te llaman, te cuentan su vida, te hacen partícipe, te usan de cómplice, de paño de lágrimas, de psicóloga; te piden ayuda, te quieren a su lado, te hacen dar, dar y dar, te dejan exhausta. Y no dan. No compensan. Porque ningún abrazo puede devolver la energía que te han robado en la última discusión y ningún paseo puede hacer que vuelva la alegría que te han quitado con el último cisco. 

Los monstruos no son feos, por lo general. Son atractivos a su manera, son agradables algunos días, son simpáticos en sociedad, risueños y amables con la galería. Son amigos cachondos con sus colegas, son inocentes víctimas de su propia vida. Son compañeros sacrificados de curro, hermanos atentos, hijos cumplidores. Visten como nosotros, con su polo, sus vaqueros, sus bambas informales, casual, sencillo… igual que lo haría cualquiera. Ya te digo, no son feos, por lo general… hasta que llegan a casa, dan la vuelta a su traje y sacan lo peor de sí para enseñártelo a ti.

Los monstruos no viven debajo de la cama. Duermen en ella. Contigo. 

A mis 35 años va y descubro, también, que los monstruos no rugen como fieras de película pero sí gritan. Gritan y chantajean, y te hacen responsable de su ira mientras chillan y vuelcan sobre ti toda su mierda, acumulada de años de excesos, mala vida y situaciones que tú ni siquiera has vivido pero cuya factura pagas igual. Te gritan desde su dolor y su propia frustración, ajena a ti. Te gritan desde su propia mierda, desde su herida. Pero te gritan, al fin y al cabo. Y asusta.

A mis 35 años resulta que descubro que los monstruos no te comen. Lo que te come es la pena, la rabia y la desolación. Te come el vacío en la boca del estómago, el hueco que te ha quedado de tanto dar. Lo que te come es la soledad que da sentirte incomprendida, traicionada y humillada. Lo que te come es la decepción, que se instala en el pecho y en la cara, la de panoli que se te queda cuando te das cuenta del año que llevas invertido y perdido. Un año entero con fugas y escapes que no hay besitos que tapen, que no hay perdones que arreglen. Lo que te come es el desconsuelo, un plato cabrón de digerir para el que no hay sal de frutas ni Almax.

Lo más curioso de todo es que, después de 35 años de ir a dormir a mi hora, dar las gracias a los señores y las señoras y ser una niña buena, va y me doy cuenta de que a los monstruos no se les vence con bondad ni con amor, ni apoyo, ni nada de todo eso que a mi me enseñaron a dar. Tremenda revelación. Resulta que a estos seres se les vence plantándose, diciendo no, basta y alamierda todo seguido y sin respirar. Se les supera de frente, con los cojones por fuera del pantalón y dejando el miedo, la inseguridad y la frustración a ellos, que son quienes lo traen de serie. De los monstruos se salva uno dejando de temerles y recordando que a querer se juega de otra manera, a llorar no se ha venido y a remontar no hay quien me iguale.

Mañana se celebra que un santo mató a un dragón. 
Y yo que acabé con el mío.


lunes, 3 de septiembre de 2012

Cuántos tiñosos habría


Define la RAE la envidia como “Deseo de algo que no se posee. Tristeza o pesar del bien ajeno”. No está mal aunque, sinceramente, a mí me parece que a esta definición le falta lo más importante: la mala leche. Para estar hablando de un pecado capital grave, no me parece ni medio normal dedicarle una descripción tan parca y moderada ni me parece riguroso calificar de "pesar" un sentimiento tan visceral como la envidia. Así, como si fuese una minucia. Perdonen que les corrija, señores académicos, pero la envidia no es tristeza o pesar, es una rabia que te cagas. Y decir menos es mentir. Si a lo largo de los siglos más de un gilipollas ha intentado disfrazarla con aquello de “envidia sana” ha sido, precisamente, por este claro conocimiento popular de que la envidia implica una mala folla importante hacia el prójimo. Hago un pequeño parón para comentar, solo por encima, la hostia tan grande que merece toda esta gente que necesita decir "envidia sana" para dejar claro que son buenas personas. Ay si la envidia fuera tiña… Buscad una expresión menos chungueras que no delate vuestra flojera y ausencia de luces tan rápido, por favor. Es un consejo del From.

Retomando: el problema con la envidia es que supone un tipo de sentimiento rastrero y ruin que va mucho más allá del pesar y que ha tenido siempre muy mala reputación. Ciertamente es una emoción fea, estamos de acuerdo, pero tan humana como lo son los pedetes, por ejemplo, que apestan e incomodan, sí, pero que se tienen porque es natural. Y no sólo es natural sentir envidia sino que, además, algunos se lo buscan. Y mucho.
Lo confieso abiertamente: hay gente que me da una rabia que se sale del gráfico, rabia de esas de darle una somanta palos que lo deje fino y suave. Sí, es así. Hay personas que sacan lo peor que hay en mí, la envidia en mayúsculas.

Eso que te vas de viaje, vuelo largo de X horas (para mi a partir de 2h ya es largo, porque me aburro con facilidad). A mitad del aburrimiento te das cuenta de que en varias filas a tu alrededor hay gente sobando. Durmiendo pero bien, con su fase rem, su boca abierta, todo. A baba suelta. Y tú piensas: mira qué bien duerme ese cabrón. Tocando tierra ya, el tío se despierta, gozoso y sin sobresaltos, y le oyes decir: “ojjjj que bien he dormido, tío, como nuevo. Ha sido pillar la pose y quedarme frito”. Sus dos horas de gustera yo las he pasado haciendo sudokus hasta el derrame cerebral, mirando con recelo los dibujos chorras de las instrucciones de seguridad, leyendo todos los papeles que había en el bolsillo de Doraemon del asiento de delante -me interesaran o no-, imaginando la vida de cada azafata o persona que tenía en mi campo visual, subiendo y bajando la mesita sin tener nada que apoyar en ella, mirando por la ventana -cuando el afortunado que la disfrutaba tenía a bien subir la maldita persianita- y así, hasta rellenar dos horas. Y todo por no haber sido bendecida con el don de pillar la pose. ¿Qué pasa con la postura, vamos a ver? ¿Reparten sólo unas cuantas al principio del vuelo y llego siempre tarde, como a los periódicos, y por eso me toca leer el Marca? ¿Acaso el asiento de ese tío iba acolchado con plumas de pechito de ganso, tiene reposapiés ergonómico masajeante  y por eso ni se clavaba el apoyabrazos contra las costillas ni le daba la sien contra ese relieve imposible que decora todas las ventanillas de los aviones? ¿O es que él tiene las cervicales reforzadas con titanio y adamantium y a mi me tocó el cuello de muñeco de ventrílocuo, que cede hacia cualquier lado dando cabezazos a la que me duermo un nanosegundo? Sinceramente, que asco dáis todos estos que pilláis la postura y llegáis a los sitios frescos como lechugas y no como servidora, que parece que venga de jugar la Super Bowl sin casco ni protecciones y con las mismas dos franjas negras pintadas debajo de los ojos, solo que en mi caso son ojeras, no betún.

A esta raza odiosa de gente que agarra la postura y no la suelta ni la presta hay que sumarle otra especie detestable también: la del buen cagar cuando viajan. Las dificultades de evacuación cuando se sale de casa son, curiosamente, un mal compartido por cientos de miles de personas. Menos por unos cuantos jodidos afortunados, que desatan ese tipo de envidia de cagarse en toda su casta (de poder hacerlo, claro). Hablo de esta gente que te ve hinchada como una gaita, que te ve sufrir rezándole a San Kiwi  y te propone con alegría "¿te apetece que compartamos un arroz para comer o prefieres unas migas?". Que guantazo os arreaba… Esta gente que cree alumbrarte el camino cuando te pregunta "¿Has probado a tomarte un Activia o algo así? Dicen que va bien", cuando tú ya llevas tantos bífidus y tanta flora intestinal que podrías reforestar el desierto del Gobi entero. Me refiero a estos que te dicen “ay, ¡yo es que cago en todas partes, no tengo problemas!” mientras te ven a ti haciendo química básica, a ver si a la fórmula ciruela + yogur + café + cigarro te da como resultado el tan esperado muñeco de barro. A esta especie sin corazón, que mantiene su ritmo intestinal con la precisión de un cronómetro olímpico y que necesita compartirlo contigo mientras tú sobrevives a base de tabaco Fortuna y Fabe de Fuca yo no les deseo nada malo, pero ahí les tengan que operar de miopía y solo esté libre Michael J. Fox.

Mención especial merece también este sector de la población que se conoce como "los del metabolismo agradecido", capaces de  tragarse la fábrica de chocolate de Charlie entera y sin apenas masticarla y quemarlo en lo que dura un estornudo porque tienen "un metabolismo muy agradecido". Los reconoceréis por ser aquellos que, cuando te ven haciendo dieta a base de apio y agua destilada (porque te has puesto redonderas por culpa de cuatro macarrones de mierda y tres coca colas), no pueden evitar decirte "yo es que como lo que quiero y no engordo, es mi metabolismo". A esta raza, de bofetón con opción a colleja, que necesita recordarte la suerte que tiene de poder comerse un gofre del tamaño de un mamut rebozado en nutella sin que su cuerpo absorba las calorías ni el colesterol, yo la envidio y la detesto en la misma proporción: lo primero, por la suerte de su naturaleza de eterna mojama que les garantiza tener siempre la misma talla y poder llevar en el 2012 ropa del '92; lo segundo, por lo irritante de su estupidez, su falta de tacto y esa mala costumbre de vacilar de algo que les vino dado por la gracia de Dios.

Envidiar a alguien por el lujo en el que vive, el cochazo que gasta o por el sueldazo que le cae cada mes a mí me ha parecido siempre realmente estúpido, porque son cosas que dependen de factores como los recursos, la suerte, el esfuerzo, el trabajo, la familia, las circunstancias de vida, etc. Tener bienes o acumular objetos… ¡bah, trivialidades! Lo que realmente jode es no tener ni siquiera el kit básico de ser humano que supuestamente nos dan a todos al nacer y que se compone de habilidades como pillar la postura buena (que debería ser cualquiera) cuando se tiene sueño; sudar de manera razonable cuando se hace deporte y no como si andase forrada en papel film de cocina; o tener la sangre salada y no rica como el turrón para cualquier mosquito que viva a 55 km a la redonda.
Lo que yo te diga: si la envidia fuera tiña...

martes, 12 de junio de 2012

De cuando un mensaje era solo eso, un mensaje


Cualquiera que me conozca un poco sabe que, en la lista "Actividades que practico asiduamente con mis amigos", la ingesta de cerveza al tiempo que se habla de la vida y se debate sobre el género humano ocupa una posición privilegiada en el ranking. Hace unos días en una de estas tandas de cañas, escuchando a dos amigos que me contaban las novedades respecto a sus recientes incorporaciones en materia sentimental, me di cuenta, de repente, del giro alarmante que han tomado este tipo de conversaciones en los últimos años. Ahora ya no basta con el amor, la pasión, el gustamiento, los nervios y todo lo que se deriva de tener una historia sentimental. Ahora, a todo eso, hay que sumarle la geolocalización.

"El otro día me llama, y me dice que si quedamos y vamos el sábado a la playa. Bueno, antes de esto me envía un mensaje el miércoles para contarme que tenía mucho trabajo y que, si queríamos, nos veíamos por la noche. Yo le dije que vale, aunque me iba un poco mal pero como hacía un par de días me había enviado ese mensaje tan raro y luego no me cogía el móvil pues pensé, venga, vale. Bueno no, espera. Tú lo último que sabes es lo del mensaje del domingo, ¿no? Vale pues el lunes siguiente no me dijo nada en todo el día. Entonces me conecté al Facebook y vi que se había conectado también. Le envié un Whatsapp y no me dijo nada, y yo flipando, claro, porque había visto el mensaje seguro, que me salían dos checks del Whatsapp. Le envié un mail por si acaso, porque a veces el móvil le falla, blablabla…". 

Mientras seguía el hilo de la conversación me puse a calcular, a grosso modo y casi sin querer, cuántas veces salía la palabra ‘’mensaje’’ y ‘’móvil’’ durante el relato. Pese a la cantidad de datos, fechas y otras referencias con las que me bombardeaba, no me resultaba difícil seguir la cuenta, dada la imposibilidad de pronunciar estas palabras en una oración sin gesticular absurdamente. Así, en los momentos en que el contenido de la conversación me abducía, el movimiento sutil de deditos tecleando al aire me hacían volver a mi recuento en paralelo."Le envié un mensaje" tiqui tiqui tiqui así, con los dos pulgares, o “todo esto que te cuento fue por mail” tiqui tiqui tiqui tecleando la nada, como memos. El número de veces en las que mi colega hizo referencia al móvil, al Whatsapp y otros elementos virtuales fue escandaloso, como también lo es esta incapacidad que hemos desarrollado con los años de explicar algo sin recurrir al inventario epistolar. El orden de los mensajes, por lo visto, ahora sí altera el producto, y un chorrimensaje del miércoles es VITAL para entender por qué estamos como estamos a día de hoy, por lo que se hace imprescindible saltar en el discurso de un día al otro, de un sms a otro para explicar cualquier acontecimiento. ¿Hemos perdido la capacidad de hablar en general, de lo que se siente y de lo que ha pasado sin más, sin necesidad de entrar en tanto detalle de días, horas, noches minutos, mensajes, mails y lo que surja? Absolutamente. 

Lo que más me inquieta es que en un tema tan visceral y emocional como es estar enamorado/enrollado/encantado o lo que sea, el móvil se haya convertido en el termostato de todo el proceso. De un tiempo a esta parte, la atención de una persona se mide por el número de mensajes que te envía a lo largo del día, siendo "muchos" algo positivo (“estamos todo el día mandándonos mensajes, y diciéndonos tonterías con el Whatssap”, “ayer me mandó cincuenta y cuatro mensajitos”) y “pocos” una señal de mal augurio (“ya casi no me manda mensajes ni nada”, “hace dos días que no me envía el mensaje de por la mañana, cuando antes siempre lo hacía” o “mira, el último es de hace cuatro días"). Y así.
La ansiedad que te provoca una relación se mide según el número de minutos que pasan entre que tú envías un sms y el otro contesta: "mira, le envié un mensaje ayer a las 21h y hasta este mediodía no me ha contestado. No es normal ¡seguro que le pasa algo o ya se está agobiando!". De la misma manera, y según el contador universal Nokia, el nivel de querimiento depende de la misma variable, por lo que si tarda poco en contestar, significa que la otra persona está por ti. En caso contrario, es un síntoma inequívoco de que “la cosa se está enfriando” y que “ya está, ya empieza a hacer rarezas”.

Lejos de mejorar las cosas, la llegada del Whatsapp ha supuesto el fin del equilibrio mental para muchas personas. Poder saber si el otro ha recibido y/o leído el mensaje es algo directamente proporcional al grado de locura que puede uno alcanzar. Y si además puedes ver cuándo fue la última vez que miró el programa del demonio, que empiece ya el festival del Tranquimazín porque:
-  Si lo ha recibido- leído, no contesta y encima hace pocos minutos de la última vez que se conectó, un 80% de la población entra en /mode Glenn Close en Atracción Fatal: desequilibrio total.
-  Si lo ha leído pero ha tardado mucho en contestar, hablamos de nivel de ansiedad tipo voy en reserva y no veo gasolineras, porque te hueles que está pasando de ti y que hemos entrado en barrena. Nada bueno puede ocurrir después de esto.
-  Si lo ha recibido, lo ha leído y te contesta enviándote la mierda sonriente, la berenjena o la flamenca, generalmente la desorientación vence al agobio, por lo que te quedas inquieto y decepcionado por lo poco elaborado de su mensaje pero con los nervios un poco más templados. Es flor de un día.
-  En caso de contestar con "normalidad" y "rapidez", además relajar al otro estará marcando un precedente y, si algún día se sale de esa agilidad, pasará a darse cualquiera de los supuestos anteriores.

De locura estamos todos bien, gracias.

Facebook es otra herramienta diabólica ideal para provocar un cuadro clínico de enajenación. “Ha puesto un “me gusta” en el muro de tal y se ha hecho amigo/a de no sé quién”, “sé que  se ha conectado porque ha puesto no se qué en su estado pero a mí no me ha contestado el mail, que se piensa ¿qué soy imbécil”, “siempre que entro a Facebook y está, al minuto se desconecta del chat”, “voy a poner que estoy aquí con tal y tomando cuál para que vea que me divierto y le joda”, subir dos mil fotos de fiesta con desconocidos, envolver tus actualizaciones de estado con un halo de misterio de parvulario para provocar preguntas… y otras formas de volverse un perturbado, perder el tiempo tratando de saber el dónde y el cuándo de todo y querer provocar una reacción en el otro que tú mismo no eres capaz de resolver de una manera más sencilla: hablando.

Tengo ganas de volver a escuchar historias bonitas y con una construcción del discurso normal, sin tanto tirar p’alante y p’atrás en el tiempo atendiendo a cada coma de un mensaje. Tengo ganas de que alguien me cuente que ha conocido a otro alguien y que no activa el DEFCON 1 si ese otro no contesta todos los mensajes rompiendo la barrera del sonido. Tengo ganas, en definitiva, de que volvamos a prestar atención a lo que nos pasa, a lo que se siente y no al día, la hora, el muro, la foto etiquetada o el emoticono de los juncos que nadie sabe qué mierdas significa.

Creo que no me equivoco si digo que "Las nuevas tecnologías en la pareja, usos y aplicaciones" va a ser el título del próximo best-seller que lo va a petar en las secciones de Autoayuda. Y a no tardar mucho como sigamos así.

jueves, 26 de abril de 2012

Cuando errar era de sabios y no de errantes

Conozco a pocas personas que se equivoquen con elegancia y con plena consciencia de ello. Conozco a muy pocas personas que confiesen cometer errores y no traten de disimularlo con positivismo superficial y con supuestos aprendizajes empíricos. Y conozco a menos personas aún que tengan valentía y madurez como para decir “he cometido un error” acabando la frase ahí, sin necesitar añadirle nada más.
El huracán del positivismo que viene asolando nuestra cultura en los últimos años se ha llevado por delante conceptos como el error, la asunción, la realidad, la aceptación y la responsabilidad. Con esta obsesión de querer ver el lado positivo de todo y de querer aparentar ser alguien constantemente feliz y positivo (para logarse así un supuesto reconocimiento en el grupo) se ha llegado a tal punto que, por lo visto, ahora ya nadie se equivoca. Ahora ya nadie la caga. Ahora a cometer un error se le llama “no estar acertado” y, sobretodo, se adorna con  sentencias tipo “pero me siento superorgulloso/a de mí mismo”, “pero he aprendido mucho de eso” o “bueno, estoy contento/a de todas formas porque ha sido una experiencia positiva”. ¿Pardonemuá?

¿Qué problema tiene la gente con cometer errores, sin más, y apechugar con ellos sin convertirlos en una fiesta? ¿Qué es lo que mueve a las personas a querer ser siempre alumnos aventajados, infalibles y perfectos? ¿No será que no sabemos cómo manejar la mala conciencia, la decepción o  el mal cuerpo que se le queda a uno cuando es consciente de una Gran Cagada? Pues sí. Resulta que con los errores pasa lo mismo que con la incertidumbre: no nos gustan, se llevan mal y hay prisa por largarlos y sacar de ellos una experiencia positiva segundos después de haberse cometido, aunque sea falsa. De ahí la necesidad (y tendencia social) de inventarse una realidad paralela donde todo parece un paseo y nada duele ni está mal. Y si ha estado “menos bien” (porque mal no se puede decir, que entonces eres un negativo, caca, uuuh, ¡fuera!), cierra fuerte los ojos y sonríe amablemente mientras dices “oye, pero he sacado algo muy bueno de esto y estoy muy contento/a conmigo mismo/a”. De este modo creerás haberte desecho de tu error y te quedarás más tranquilo porque creerás haber entendido algo.
Nótese que he dicho “creerás”,  porque el método del positivismo como consuelo para todo es sólo una ilusión para bobos, un consuelo tontorrón para aquellos que no pueden asumir un Error sin más si no viene forrado de azúcar. Y dije “creerás” porque, en realidad, de aprendizaje nada, queridos. La próxima vez volveremos a cometer el mismo error, porque con tanto disfraz seremos incapaces de reconocerlo si vuelve a pasar, y nos seguiremos dando de frente hasta que un día, mejor pronto que tarde, la madurez venza al miedo de saberse humanos, y por tanto imperfectos, y digamos abiertamente: la cagué. Será cuando se deje de adornar cuando se pueda ver, y será al cabo de un tiempo cuando se aprenda algo. Lo que se conoce como proceso de aprendizaje, vaya. 

Cada vez son más las críticas al empacho de optimismo y a la descontextualización de conceptos que venimos viviendo desde hace unos años (Bárbara Ehrenreich explica muy bien las trampas del culto al pensamiento positivo en Sonríe o muere). Se empieza por fin a poner en duda y a reprobar tanta indulgencia y tanta superficialidad a la hora de valorar las propias experiencias. Y no sólo eso: se empieza incluso a ver que esto de ser tan chupi-hurra-todo-es-una-bendición no es, ni mucho menos, práctico y menos aún real. Según un estudio (que podéis encontrar aquí  –en inglés- o  buscando a los autores T.Sharot, C. Korn y R. Dolan en San Google) una consecuencia negativa del exceso de positivismo radica en la subestimación de los riesgos. Las personas con sobrepeso de optimismo tienden a calcular erróneamente las posibilidades de que algo malo suceda y, además, padecen una resistencia al cambio mucho mayor que el resto cosa que en los tiempos que corren es algo más malo que bueno (¡uh! ha dicho ¡malo!). Sólo con este dato  ya deberíamos plantearnos si realmente  estamos haciendo bien pretendiendo que todo suene mejor de lo que es y transformando la realidad según nos parezca más conveniente.

Aclaro desde ya y para evitar debates absurdos que en este post no se pretende hacer una apología del pesimismo ni de la autoflagelación como método de redención por los errores cometidos. Que sí, que siempre es más llevadero plantearse la vida de cara que de culo, efectivamente, pero eso no está reñido con el realismo, la sinceridad y con la honestidad con uno mismo. Entre el auto-castigo machacón y el premio bobalicón que se dan muchos engalanando los errores, hay un gran espacio en el que se mueven conceptos tan interesantes como la autocrítica, la aceptación, el análisis, la reflexión y la resiliencia, grandes indicadores de madurez y de sentido común. Y es un espacio que estaría bien valorar, tener en cuenta y aprovechar. Ni que sea para poder decir, con fundamento y no como muletilla, que de los errores se aprende. De los eufemismos no.

martes, 17 de abril de 2012

Por estrenar

Quedé el otro día con una amiga para tomar algo y, por esas cosas de la vida que te dejan más mal que bien si las cuentas, salí de casa justa de tiempo. Ese “justo de tiempo” que te obliga a andar rápido y a hacer el baile del gorrión: una sucesión de pasos rápidos acelerados tras un saltito y tres pasitos cortos rápidos más seguidos de marcha rápida, con los que parece que corres más pero que, como  puede imaginar cualquier ser bípedo con dos dedos de frente, no sirven de una mierda. Llegué a mi destino reflexionando sobre lo idiota que venía pareciendo desde los últimos tres chaflanes cuando mi colega confesó hacer un baile parecido siempre que se veía llegando “casi” tarde a algún sitio. Y ahí pensé: ay mira Jackie, no estás sola en esto de hacer inutilidades. Consuelo efímero pero grato.

Cargar el móvil cinco minutos antes de salir es una de las actividades con más seguidores a nivel mundial y con menos resultados favorables que se conocen. Pero ¡eh! ahí me tienes  enchufando el aparatito a la corriente mientras me acabo de vestir, con la esperanza vana de que sirva para conseguir esa rayita en la batería que, supuestamente, me salvará de la hecatombe de quedarme incomunicada. Sé que esos cinco minutos servirán tanto como llevar el teléfono abrazado durante una hora confiando en que el cariño sustituya a la electricidad, pero da igual, una va más tranquila por la vida si sabe que ha hecho algo por solucionarlo. Aunque sea algo memo.

La misma sensación de esperanza vana me invade cuando voy de compras, encuentro algo que me gusta, me lo pruebo y, tras ver claramente en el mismo probador que me queda tan raro como a un cristo un Kalasnikov  me digo: “bueno, me lo probaré en casa  a ver qué tal”. ¡Ah! los espejos de casa, esos grandes… ¿cirujanos? ¿milagros de la óptica? ¿Qué esperas que pase cuando te lo vuelvas a probar en casa, reina? Si te queda mal en un sitio, la probabilidad que cambiando la variable espacio la cosa mejore es ninguna, cero, la misma que esperar que en el trayecto tienda- casa me de una liposucción espontánea. Si parezco salida de un cuadro cubista ya en el probador, en casa el fenómeno será el mismo pero con la única diferencia que habré arreglado el look tapándolo con otras prendas que en la tienda no tenía a mano. Nótese que he dicho tapado, porque en casa una intenta tapar los defectos que le hace la prenda, no combinarlos con complementos. Pero, como en el futbol, la esperanza siempre está puesta en que en casa ganemos. Una de tantas maravillas de la inteligencia humana.

Hablar con los aparatos eléctricos y acariciarlos/golpearlos es otro gesto estéril que comparte la raza humana en general y que yo practico a diario. Con la llegada de las pantallas planas los plasmas y toda este mundo de pulgadas, megapíxeles y jarpisíndeleins se ha perdido la tradición, pero hubo un tiempo en que aporrear la tele cuando no iba bien era  un gesto universal en muchas familias, tanto como el “deja de darle a la tele Mariano que la vas a estropear más” o como poner papel Albal en las antenas de los televisores porque así cogía más señal (dadme unos segundos para recuperarme de este ataque de nostalgia). Ya está. Yo reconozco que siempre he hablado (quien dice hablado dice gritado) con las impresoras, y me consta que no soy la única descerebrada que mantiene charlas (quien dice charlas dice insultar). No sirve de nada porque jamás he conseguido otra cosa que no fuera  hacer el pena delante de mis compañeros de oficina y seguir recibiendo papeles en blanco o con cuadritos de colores del aparato de los cojones. Eso y despertar la suficiente compasión en el informático como para que, después de oírme decir (gritar) “¡¿Falta papel? ¿Cómo que falta papel si te acabo de dar de comer?¿?¿ ¡Toma, está aquí!! ¡¡Si no coges los folios es porque no quieres!!!” o “¡¿Qué mierdas te pasa ahora, jodida, si ya te he mandado a imprimir doce veces el documento!?!!” le de por levantarse y hacer algo útil, como arreglarla. Gra-cias-ma-jo. Qué detallista.

Lo que me alarma de todas estos actos reflejos, además de la frecuencia con que los llevo a cabo, es que  se caracterizan por la más absoluta ausencia de lógica y por ser repetidos sistemáticamente aún sabiendo de antemano que jamás en la historia he obtenido ni un solo resultado favorable que me anime a seguir haciéndolos. Los temas que me he dejado de estudiar porque “sabía” que no iban a entrar me han seguido jodiendo la existencia; los aparatos siguen sin funcionar por mas que intercambie las pilas de sitio esperando que recuperen la energía o vete tu a saber esperando qué carajo;  los bolis que no pintan no van a sacar repentinamente un chorro de tinta por más aliento que se les eche (a no ser que te hagas tragado treinta y cuatro jalapeños, que en ese caso pasas directamente a formar parte de la familia de los dragones de Komodo, y ahí sí que ya no te discute nadie); y poner cd’s viejos en el balcón o bolsas de plástico atadas jamás ha evitado que las palomas sigan decorando el suelo de tu terraza con mierda al óleo.
Por eso, y viendo el gran delay que lleva mi subconsciente respecto de la ciencia, me pregunto: si  no hay argumento empírico que los respalde, porque ninguno de estos actos me ha funcionado nunca, ¿por qué carajo insisto? y ¿cuántas horas al día me paso con la lógica y la razón desconectadas? Cualquier día me sale moho en el cerebro por no sacarlo del celofán ni para estrenarlo.